Despertar espiritual: ¿hacia una juventud más feliz?

La participación religiosa y una fuerte espiritualidad proporcionan normas claras, un entorno de apoyo comunitario y un sentido de propósito

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Fernando García

Publicado el 16/09/2025 a las 05:00

Estudios recientes sugieren que los jóvenes de hoy son menos felices que los de generaciones anteriores, lo que evidencia un profundo malestar que va más allá de lo material. Quizá por ello, en un mundo saturado de pantallas y consumismo, algo está cambiando. Creo que estamos asistiendo a un “despertar espiritual”, que quizá no se manifieste en las formas más tradicionales de la fe, pero sí en una intensa búsqueda de sentido y comunidad.

Hechos como la Jornada Mundial de la Juventud de Lisboa y el reciente Jubileo de la Juventud en Roma, que atrajeron a millones de jóvenes, demuestran que la espiritualidad no ha desaparecido. Movimientos como Hakuna —cuyo último concierto reunió a más de 30.000 personas—, los encuentros de Taizé, el Festival de la Juventud de Medjugorje o el de la Vida en Polonia corroboran que se movilizan de forma efectiva, creando espacios donde su fe florece a través de la música, el silencio y la adoración. Para ellos, esta vivencia religiosa es parte de su identidad y la expresan públicamente, mostrando un compromiso que va más allá de la simple tradición.

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Este fenómeno es multifactorial. Una de las causas es la búsqueda de algo más allá del materialismo. Tras décadas de consumismo e individualismo, muchos de ellos sienten un profundo vacío existencial. El éxito profesional y la acumulación de bienes no satisfacen su necesidad de propósito y trascendencia. La espiritualidad les ofrece una alternativa, un camino hacia una vida más sencilla con valores sólidos.

También influye la búsqueda de una respuesta al malestar social y a ciertas ideologías. En un mundo que perciben como polarizado y hostil, la espiritualidad les ofrece un refugio. La fe les proporciona una identidad anclada en una tradición milenaria, lejos de sociedades líquidas o narrativas impuestas. La comunidad espiritual se convierte en un espacio de acogida donde pueden ser ellos mismos y dialogar sin temor a ser juzgados.

Además, la incertidumbre ante el futuro juega un papel crucial. La precariedad laboral, la inestabilidad económica y la dificultad para independizarse o formar una familia les generan una profunda ansiedad. La fe les ofrece consuelo y esperanza. Los movimientos espirituales se convierten en una valiosa red de apoyo mutuo, un lugar donde compartir miedos y desafíos, creando un sentido de pertenencia.

Para entender estos beneficios, es clave ampliar la concepción tradicional de la salud. La Organización Mundial de la Salud (OMS) la define como “un estado de completo bienestar físico, mental y social”. Aunque la definición no mencionaba explícitamente la dimensión espiritual, la OMS ha reconocido su importancia. En esta línea, el promotor de la salud Michael P. O’Donnell la define como “un equilibrio dinámico de la salud física, emocional, social, espiritual e intelectual”. Esta visión holística es fundamental para comprender por qué la espiritualidad es vital para los seres humanos y por qué los jóvenes reniegan de una sociedad que les alejó de ella o solo les toleró vivirla en la intimidad.

Numerosos estudios confirman el impacto positivo de la espiritualidad en la infancia y la juventud. En los niños, está vinculada a la felicidad. Investigaciones de la Facultad de Enfermería de la Universidad de Navarra demuestran que el desarrollo espiritual promueve relaciones significativas, una mejor gestión de emociones y una mayor calidad de vida. Para los más pequeños, esto se fomenta con el juego libre, el asombro ante la naturaleza y los momentos de silencio. Como señaló Blaise Pascal, la infelicidad a menudo proviene de nuestra incapacidad para estar quietos con nosotros mismos, un punto que un estudio de Timothy Wilson confirmó al mostrar que las personas preferían darse pequeñas descargas eléctricas antes que quedarse a solas con sus pensamientos. La espiritualidad, a través de la oración o la meditación, entrena la mente para encontrar paz interior.

En la adolescencia, se convierte en un poderoso escudo protector. La evidencia científica sugiere que la participación religiosa y una fuerte espiritualidad pueden reducir el riesgo de comportamientos problemáticos como el consumo de alcohol y drogas, la violencia y las relaciones sexuales precoces. Esto se debe a que proporciona normas claras, un entorno de apoyo comunitario y un sentido de propósito. La fe les ayuda a encontrar sentido a su existencia, a desarrollar la resiliencia, a cultivar valores éticos y a trascender lo material, conectándolos con algo más grande que ellos mismos.

En conclusión, quizá este despertar espiritual sea una respuesta profunda a las carencias de nuestra sociedad. Al encontrar consuelo y fortaleza en la fe, los jóvenes desarrollan valores como la empatía y la compasión, fortalecen sus lazos sociales y se comprometen con el bien común. Proteger y fomentar su dimensión espiritual es una inversión en el futuro de nuestra sociedad, asegurando que las próximas generaciones puedan vivir de manera más plena, coherente y feliz.

Fernando García Fernández es profesor, conferenciante y escritor.

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