"Unos se enrolan en la flotilla Global Sumud y otros cuelgan banderas palestinas en el balcón. Quizá todo sea inútil, pero más imperdonable sería el mutismo"

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José María Romera

Publicado el 06/09/2025 a las 05:00

Cuanto más insoportable nos resulta el avance del genocidio de Gaza, más crece en la distancia la sensación de impotencia, mezclada con un difuso sentimiento de culpa que cada sujeto europeo libera como puede. Unos se enrolan en la flotilla Global Sumud y otros cuelgan banderas palestinas en el balcón. 

Quizá todo sea inútil, pero más imperdonable sería el mutismo. Eso es lo único que se le ocurre a uno viendo esas barreras de manifestantes al paso de la Vuelta ciclista que tanto han irritado a organizadores de la ronda y partidarios de mantener al deporte a salvo de las inclemencias políticas, sociales, bélicas y humanitarias de este tiempo rabioso. 

En la etapa de Bilbao, las instituciones condenaron unánimemente la invasión de la zona de meta por parte de los concentrados. Señalaron que la acción había puesto en riesgo a público y ciclistas, y a estas razones de seguridad añadieron otra de mayor peso: daban mala imagen del territorio. Lo cual, una vez pasado por el traductor de intenciones, viene a quedar en que los promotores de espectáculos y grandes eventos se lo iban a pensar dos veces antes de organizarlos en el País Vasco. 

Pues en Gaza no digamos. Llama la atención el extraño sentido de la medida de quienes a una denuncia de crímenes de guerra oponen otra por daño reputacional. El deporte se está volviendo muy escrupuloso en lo relativo a prohibir protestas de cualquier tipo, a la vez que toma decisiones de marcado cariz político respaldadas por el interés económico. 

En este caso, la organización de la Vuelta no solo pretendía minimizar las acciones propalestinas a su paso, sino que había invitado a participar a un equipo israelí que lleva impreso en el maillot en nombre de Israel y cuyo propietario se jacta en público de su cercanía a Netanyahu y sus planes de exterminio. 

No todo en la meta de Bilbao eran nobles llamadas al fin de la guerra. Una pancarta proponía acabar con Israel y hubo gritos que no celebraban precisamente los derechos humanos. Pero es frecuente que en las manifestaciones por cualquier causa, por justa que sea, haya que pagar el tributo de las compañías indeseadas. Más incómoda es la compañía del silencio.

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