Cuando se precipitan los acontecimientos y la situación toca a rebato, el líder espabilado es el que se deja ver "a pie de" algo, aunque no haga nada

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José María Romera

Actualizado el 29/08/2025 a las 23:35

Arden los montes y con ellos una bronca partidista descontrolada que parece más atenta a desgastar al rival que a sofocar los incendios. Cualquier suceso sirve para el reproche en el combate político de vuelo bajo al que ya nos hemos acostumbrado, pero se diría que las acusaciones fluyen mejor en los desastres naturales. Unos de los argumentos usuales en estos casos es el que penaliza al líder que no acude al lugar de los hechos. Si no se presenta o tarda en hacerlo, recibe de inmediato las severas críticas de unos opositores que traducen su demora en desentendimiento, falta de implicación, menosprecio de los damnificados y carencia de talla ética. Poco importa si está de vacaciones en la playa o permanece en su puesto de trabajo reunido con sus colaboradores, si pasa el rato viendo series en la tele o se dedica a estudiar el caso desde la distancia y tomar decisiones para resolverlo. 

En la era del teletrabajo y la videoconferencia no se acaba de entender esta sobrevaloración popular de la presencia física en la calle frente al desprestigio de la reclusión en el despacho. Por regla general el político que acude raudo y veloz a la línea de fuego no hace más que estorbar. Aparte de interrumpir la labor de los bomberos para fotografiarse empuñando la manguera, tiende a paralizar las operaciones estrechando manos y dando mítines de campaña que solo sirven para propagar las llamas en las redes sociales. Pero hay que reconocer que en situaciones críticas el dolor colectivo ante el desastre genera una alta demanda emocional que queda más satisfecha con la visita 'in situ' que con la gobernanza en remoto. 

El despacho no es fotogénico. En el inconsciente común, el despacho es el espacio simbólico de los secretos y las componendas, un oscuro recinto donde sestean los mandamases aferrados a su sillón mientras el político comprometido baja a la plaza a batirse el cobre y sumergirse en la multitud. Y el lenguaje lo corrobora: cuando se precipitan los acontecimientos y la situación toca a rebato, el líder espabilado es el que se deja ver "a pie de" algo, aunque no haga nada. A pie de obra, a pie de calle, a pie de campo, al pie del cañón. O, como días atrás dijo al calor de la disputa un ilustre portavoz, "a pie de fuego".  

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