"Liderar debe ser un ejercicio de escucha y de generosidad. Para crecer y hacer crecer a las personas, para adaptarse, para evolucionar con los tiempos y necesidades de los clientes"

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Roberto Cabezas

Actualizado el 28/08/2025 a las 23:36

Este verano he leído al gran poeta suizo Philippe Jaccottet, que murió hace pocos meses. Vivía en Grignan, una localidad de la Provenza francesa. Su partida prácticamente pasó desapercibida. Eso, probablemente, creo que le habrá alegrado. Nada más lejos de su poesía que la bulla estruendosa e inútil o el grito que altera y confunde, que son lo que muchas veces conquista más fácilmente a los lectores de hoy, acostumbrados a navegar en medio del ruido y la pirotecnia digital.

Jaccottet habla del tono de la poesía que a él le interesaba llamándola un “rumor a ras de tierra”. El poeta no escribe para reafirmarse a sí mismo, sino para borrarse en una maravillosa negación del ego, la pompa, la ostentación y la vanidad. Porque lo que importa no es la propia leyenda, sino la fábula del mundo y la naturaleza que el poeta debe escuchar y acoger en sus versos. Aquí está la clave, la capacidad de escuchar antes de manifestarnos, la capacidad de aguzar el oído antes de ventilar valoraciones y la capacidad de auscultar situaciones y realidades antes de decidir y de resolver.

Es lo que hizo Jaccottet por décadas, en sus largas caminatas por el paisaje pedregoso de Grignan, atento al milagro de las flores silvestres del camino, el paso cambiante de las nubes y la tibieza reconfortante y melancólica de la luz de invierno. Muchos profesionales y directivos de empresas han entrado en la peligrosa dinámica del exhibicionismo de sus éxitos guiados por el narcisismo del ganador, del winner, alimentando su ego, agigantando su soberbia y metabolizando en toda la compañía el envenenamiento de la petulancia, de la pedantería y la arrogancia en un afán de autorreferencialidad permanente.

Los líderes no buscan el protagonismo como exaltación de la propia personalidad. El protagonismo es una consecuencia. Los líderes iluminan sin esnobismo. Los líderes son diques contra la soberbia y la autocomplacencia. Los líderes maravillosamente imperfectos, como los poetas, buscan incluso invisibilizarse para escuchar los fenómenos más delicados y frágiles, que requieren una atención especial que generalmente están enfocados en las personas.

En las empresas, organizaciones y en toda la sociedad estamos rodeados de pluscuamperfectos, protagonistas amantes de la sobreingeniería y de la sofisticación innecesaria. Arrogantes especímenes que van conquistando espacios. Hacen ostentación de la perfección. Militan el equipo de la superioridad. Alardean, presumen y se ufanan de su excelencia. Los pluscuamperfectos son terribles, son una patología devastadora.

No saben que lo importante no es la figuración, lo importante es ser excelente, es ser buena persona. Ser generoso, ser honesto, ser humilde, ser alegre, ser servicial. Su ego desfigura cualquier perfección y nadan con fluidez en el mundo de los adjuntos, ese nuevo peldaño en el escalafón organizacional. ¡Quién no tiene un adjunto! El que no lo tiene (como yo) es un pelafustán.

Cuidado con estos cantamañanas que exigen la perfección incólume, esa que lo planifica todo en una hoja Excel o en un PowerPoint. Esa perfección me suena muy artificial. He comprobado que el talento no necesita ser siempre perfecto, muchas veces se permite descubrir, explorar y generalmente no acierta a la primera. No son perfectos de primer golpe, pero son sistemáticos en sus intentos y en sus afanes. Son gente noble.

Hoy vivimos en constante dispersión. Vivimos sin foco, martirizados por los flujos de información e hipercomunicación que nos distraen de lo importante, del sutil tejido del mundo y de las personas como centro de nuestras estrategias profesionales y corporativas. Jaccottet se definía, así, como un “caminante encorvado por las dudas”, un poeta que debe vigilar “como un pastor y convocar / todo lo que podría perderse si él se duerme”. Es decir, el poeta no enciende fogatas ni antorchas, menos aún focos (nuestro mundo está cegado por los focos), es solo un hombre “que se esfuerza de rodillas / en reunir contra el viento su mísera lumbre”. A diferencia de la técnica, que nos da la ilusión de sentirnos dioses, la poesía no quiere dominar nada: ella se pone al servicio de las personas y del milagro de la tierra, del humus (de esa bella palabra viene “humildad”). Es una de las formas de ese pensar meditativo que se pausa junto a las cosas, a diferencia del “pensar calculante” que pasa por encima de ellas sin pudor.

Escuchar es construir confianzas. Vertebrar ecosistemas que favorezcan el asombro, la observación, el silencio, la exploración constante antes de abrir la boca y decidir algo. El líder imperfecto ayuda a trenzar los sueños, propósitos y legados con humildad y sin afán de aplausos o de portadas de revistas. 

Liderar debe ser un ejercicio de escucha y de generosidad. Para crecer y hacer crecer a las personas, para adaptarse, para evolucionar con los tiempos y necesidades de los clientes, y se requieren empresas y organizaciones donde la escucha generosa incentive el respeto y las ganas de servir. Es impresionante el poder de la escucha. La magia que conllevan consigo, los misterios que encierran, la música interior que proporcionan, los caminos que nos llevan a nuestra presencia-presente que nos conecta con nosotros mismos para abrirlos sentidos, la intuición y el corazón. El liderazgo de la escucha tiene una capacidad envolvente y de contención para ofrecer las respuestas que lo exterior no proporciona.

Roberto Cabezas Ríos. Top 1 influencers de Recursos Humanos en España en 2025 y experto en Gestión de Educación Superior en la Universidad de Navarra.

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