Javier Lambán o el noble arte de la política
Que la memoria de Javier Lambán, buen amigo de Navarra, perdure, y su ejemplo y hombría de bien nos sirvan de acicate. Descanse en paz quien tanto luchó por la concordia

Publicado el 21/08/2025 a las 05:00
El pasado 10 de agosto dediqué esta misma sección a comentar los casos recientemente aparecidos de políticos variopintos preocupados por engordar sus currículos de forma fraudulenta y la falta de valores morales y éticos que dicho comportamiento implica. Pocos días después, el 15 de agosto, conocimos la muerte de Javier Lambán, un aragonés que ha prestigiado como pocos el noble arte de la política. Permítanme, por tanto, que glose brevemente su figura y su obra, como homenaje personal y ejemplo de otros muchos que plantean su vida política como un acto de servicio público.
Javier Lambán nació en Ejea de los Caballeros en 1957. Maestro en su pueblo, licenciado en Historia, afiliado al PSOE, comenzó su actividad política desde abajo: concejal, diputado provincial, alcalde de Ejea, presidente de la Diputación de Zaragoza, secretario general del PSOE de Aragón, miembro de las Cortes de Aragón, y presidente de Aragón durante dos legislaturas. En 2023, constituido el gobierno del PP y Vox, fue elegido senador autonómico. En febrero de 2021, mediada la segunda legislatura, anunció que padecía un cáncer de colon contra el que ha luchado los últimos cuatro años.
Javier Lambán ha desarrollado toda su carrera política en Aragón, tierra que conocía bien tanto política como históricamente. Este último afán le llevó, siendo ya un referente en la política aragonesa, a presentar en 2014 su tesis doctoral, un riguroso estudio de 747 páginas, titulado La Reforma Agraria Republicana en Aragón (1931-1936). Con este bagaje y un estilo político tan firme como conciliador, encabezó durante dos legislaturas un gobierno de coalición donde primaron sobre todo los intereses de la mayoría social y de Aragón, compatibles con la lealtad institucional al Gobierno de España, fuera del color que fuera, frente a visiones separatistas o rupturistas. Convivir en su gobierno con socios tan dispares como Podemos, Chunta, Partido Aragonés Regionalista o IU nos habla de este talante.
En los últimos años, los mayores problemas llegaron para él desde su propio partido, cuando las líneas básicas del ideario socialista, concretadas en un proyecto de Estado para España vertebrado en torno a la Constitución de 1978, y que había propiciado una etapa fértil en los ámbitos político, económico y social, dio paso, como elemento relevante, a una política encaminada a la pervivencia a toda costa en el Gobierno de España, con el pago subsiguiente de peajes a otras fuerzas políticas, fundamentalmente nacionalistas, tenidos en otro tiempo como líneas rojas infranqueables, con la amnistía como elemento de referencia.
Javier Lambán ni miró para otro lado ni se calló. Habló en los órganos internos del partido con voz clara e ideas firmes, y alzó su voz también públicamente en entrevistas y medios de comunicación. Fue uno de los escasos dirigentes que se atrevieron a expresar en público, con los riesgos que esto comporta en la vida de todos los partidos, su discrepancia con la línea política oficial, con razonamientos bien argumentados y una corrección en las formas propia de quien entiende la política como un debate de ideas y no una adhesión inquebrantable a un líder por encima de resoluciones congresuales o compromisos electorales.
Sabedor de su próximo fin, dejó claro su ideario en un libro de memorias titulado Una emoción política. Y, fiel a sus querencias, dedicó su último y póstumo artículo, reproducido el pasado domingo en Diario de Navarra, a “los mártires de la democracia”.
“Abogo —decía Lambán— por una movilización civil para conmemorar el centenario de la guerra, recuperando la concordia de 1978 y erradicando la pulsión fratricida de 1936. Llegar al aniversario con los muertos de las cunetas exhumados y enterrados con dignidad; con los 300 atentados de ETA pendientes ya resueltos y con las víctimas tratadas con la reverencia que merecen sería una buena señal. En fin, que cada vez me convenzo más de que nuestra democracia está hecha de una sustancia moral, uno de cuyos componentes más definitorios es la lucha contra el terrorismo y la victoria final de los demócratas. En aras de recuperar nuestra autoestima como país, se impone reivindicar con determinación esa herencia impagable”.
Que la memoria de Javier Lambán, buen amigo de Navarra, perdure, y su ejemplo y hombría de bien nos sirvan de acicate. Descanse en paz quien tanto luchó por la concordia.