La negatividad se contagia
Si la negatividad puede carcomer nuestras reflexiones y empañar nuestras actuaciones, más nos vale ser conscientes y perimetrar su extensión

Publicado el 20/08/2025 a las 05:00
Conocemos personas prudentes, reflexivas, comedidas, cautas, que no se dejan arrastrar por una noticia o comentario, que balancean la información antes de adoptar una decisión. Pero también conocemos otros perfiles que no se fían ni de su sombra y que suelen interpretar cualquier circunstancia con una pátina de negatividad que se acaba pegando a sus palabras, a su forma de mirar, de analizar y de actuar.
Ese punto de desconfianza y negatividad es un sesgo que, al parecer, viene de antiguo. El hombre de las cavernas necesitaba analizar todos los elementos que podrían amenazar su supervivencia y, al parecer, era muy poroso a cualquier signo de riesgo o peligro. Y esa forma de entender el mundo, otorgando una prioridad más alta a lo negativo, se ha quedado en las personas, en mayor o menor grado.
En 2001, los psicólogos Baumeister, Bratslavsky, Finkenauer y Vohs redactaron el artículo Lo malo es más fuerte que lo bueno, sobre el sesgo de la negatividad, que se ha convertido en una referencia importante en el área de la psicología. En el artículo indicaban que la tendencia humana es dar más peso y procesar de forma más profunda y duradera la información y las experiencias negativas que las positivas o neutrales. Y recogían una serie de casos al respecto:
- Eventos diarios: un día malo puede arruinar varios días buenos.
- Relaciones cercanas: una sola traición o crítica puede dañar una relación más que muchos actos de bondad. Las parejas suelen terminar por una acumulación de interacciones negativas, más que por falta de interacciones positivas. Para mantener una relación sana, cinco interacciones positivas frente a una negativa.
- Procesamiento de información: la información negativa sobre un político o un producto se procesa más a fondo y se recuerda mejor que la información positiva.
- Formación de impresiones: Las primeras impresiones negativas son más difíciles de revertir que las positivas.
- Socialización y aprendizaje: padres, madres y educadores prestan más atención y reaccionan más a los comportamientos problemáticos o negativos de los niños y niñas que a sus éxitos.
- Opiniones y estereotipos: los estereotipos negativos son más persistentes y resistentes al cambio.
- Toma de decisiones económicas: la aversión a la pérdida, que es un aspecto del sesgo de negatividad, muestra que el dolor de perder algo es aproximadamente el doble de intenso que el placer de ganarlo. También añaden, como ejemplo, que perder 100 euros duele más que ganar 100 euros.
Con esta información, qué ardua puede resultar la responsabilidad de dirigir personas, sabiendo que nuestros fallos, que los habrá, obviamente, pesarán mucho más que nuestros aciertos en la memoria de nuestros equipos… Por alguna razón, criticar a quien cuenta con un poder superior al nuestro es una conducta habitual, por ser un mecanismo de autoafirmación, por funcionar como válvula de escape, por evadir responsabilidades, por divertimento, por encontrar un punto común en el equipo...
Teniendo en cuenta que solo un pequeño porcentaje de las personas son extraordinariamente buenas profesionales y otro minúsculo porcentaje, lo opuesto, quien gestiona equipos debería trabajar esa resiliencia ante la crítica y al recuerdo de cuando no dimos la talla. Curiosamente, esta capacidad no suele mencionarse en las competencias del liderazgo. Sin embargo, parece bastante útil pulirla y entrenarla. Tampoco se detalla en las investigaciones anteriormente mencionadas el desgaste emocional que puede suponer vivir en la negatividad permanente. Decía Cicerón que “la ira es un veneno que uno toma esperando que muera el otro”. La ira parece un sentimiento más violento que la negatividad, pero podríamos pensar que este también contiene esas características de veneno, que se extiende y acaba carcomiendo los tejidos y células sanas.
Por otra parte, en 1988 se publicó un artículo sobre la información negativa y su impacto en el cerebro, de los investigadores Ito, Larsen, Smith y Cacioppo. Utilizando técnicas de medición de la actividad cerebral, mostraron que los estímulos negativos provocan una mayor actividad eléctrica en el cerebro que los estímulos positivos de igual intensidad.
Experimentos en los que se realizaba un seguimiento del movimiento ocular demostraron que los impactos negativos (ya sean imágenes, palabras o sonidos) capturan nuestra atención más rápidamente y retienen la mirada por más tiempo que los mensajes positivos o neutrales. Al parecer, aunque a veces se recuerda con mucho detalle experiencias positivas, especialmente aquellas con implicaciones para la supervivencia o el bienestar, los recuerdos de experiencias negativas son más detallados y duraderos.
Facebook llevó a cabo en 2012 un experimento con 700.000 usuarios con el objetivo de investigar si sus publicaciones en el feed de noticias podían afectar a las emociones; un fenómeno conocido como “contagio emocional”. El estudio concluyó que las emociones se propagaban a través de las redes sociales. Las personas expuestas a menos contenidos positivos tendieron a redactar más publicaciones negativas. Y el grupo que estuvo expuesto a noticias menos negativas, publicó contenido más positivo.
Si la negatividad se contagia, vive en nuestro yo más profundo, la recordamos más intensamente que las experiencias positivas y puede carcomer nuestras reflexiones y empañar nuestras actuaciones, más nos vale ser conscientes y perimetrar su extensión. Se lo debemos a nuestros equipos y también a nosotros mismos.
Yolanda Zubillaga Mendive. Experta en Talento. Consultora en Gestión de RR. HH.