"Las fuentes del terror nacen del supremacismo, la etnocracia, la perversión de la historia, el odio y la mentira, bien cultivados y hábilmente sostenidos"

Publicado el 08/08/2025 a las 05:00
Dentro de los colectivos nacionalistas independentistas vascos, las movilizaciones públicas —huelgas, paros, manifestaciones, disturbios violentos, atentados...— en los años de plomo impulsaron a varios jóvenes navarros a enrolarse en comandos terroristas tras un paso fugaz y experimental por grupos de violencia callejera o en sus formaciones políticas de apoyo a las mismas. Lo cuenta el doctorando Cristóbal Forján Anillo (UNED) en su extensa tesis doctoral sobre la militancia etarra en Navarra durante esos años.
El doctorando define el terrorismo como “el ejercicio de la violencia por un grupo organizado delictivo y estable, que persigue la consecución de fines políticos imposibles por vías no democráticas, destruyendo las estructuras de la sociedad”. Del estudio sobre la militancia histórica de 168 militantes etarras navarros se desprende que la mayoría de ellos eligen libremente su ingreso en la organización terrorista, pese a tener otras oportunidades sociales en una sociedad industrializada. Influenciados por su propio círculo familiar, y educados en ikastolas e institutos en euskara.
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Los terroristas no son dementes ni perturbados ni psicópatas. Si presentaran semejantes debilidades, no estarían en condiciones de llevar a cabo las coordinadas acciones correspondientes. Siendo menores de edad, se incorporan habitualmente a los gaztetxes y herriko tabernas, donde son adoctrinados por mayores que ellos. Pertenecen después a organizaciones de sus entornos, principalmente Segi y Etxerat, así como del ámbito estudiantil, Ikasle Abertzaleak, y asociaciones feministas, donde se completa su formación. Al no poder conseguir la independencia del País Vasco con la lucha armada, tergiversan la historia utilizando las víctimas del franquismo y aunando fuerzas con partido políticos afines.
En el caso de los comandos ejecutivos de ETA, son jóvenes varones, de unos 25 años de media, denunciados en proporción cercana al 40% por infracciones graves, como organizar manifestaciones sin autorización y, además, con antecedentes penales por delitos de desórdenes públicos. Casi el 36% de ellos son consumidores habituales/ocasionales de sustancias estupefacientes, y solo un 8,25% presentan problemas de trastornos depresivos, que los lleva incluso al suicidio/tentativa en algunos casos.
En cuanto a los comandos de violencia callejera, su edad media es de 18 años, aunque buena parte de sus integrantes son menores de edad. Una tercera parte de ellos están en paro o trabajando para organizaciones del entorno “patriótico” vasco (abertzale), como las citadas, mientras que los únicos con empleo trabajan en servicios precarios, sin estudios universitarios la inmensa mayoría.
En cambio, la edad de los miembros de los comandos de información y apoyo a la banda terrorista ronda los 40 años; casi el 50% de los mismos tiene estudios universitarios, abogados mayormente y trabajadores sociales; el resto han sido presos de ETA, todos ellos a sueldo del Frente de Cárceles.
El autor concluye en cierto momento que el terrorista “no nace sino que se hace; que aprende a no empatizar, a dicotomizar, deshumanizar al que no piense igual que él, a atribuirle la responsabilidad de todos los males”; su vida es atacar al distinto, pero con violencia, bajo la consigna “al oponente se le ataca”.
Muy blanda me parece la conclusión, que no responde a la ferocidad sostenida, y a la atroz cosecha de muertes, estragos, secuestros, destierros, robos y conquistas políticas allí por donde pasó. No. Las fuentes del terror nacen del supremacismo, la etnocracia, la perversión de la historia, el odio y la mentira, bien cultivados y hábilmente sostenidos.
Víctor Manuel Arbeloa. Escritor