"Allí figuran, uno por uno, los nombres y apellidos de las 18.500 víctimas menores de edad, en una columna infinita por la que el dedo se deslizaba entre la congoja y el espanto"

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José María Romera

Actualizado el 01/08/2025 a las 23:50

En su edición digital del miércoles pasado, el 'Washington Post' publicó la relación completa de los niños y niñas gazatíes asesinados por el ejército de Israel. Allí figuraban, uno por uno, los nombres y apellidos de las 18.500 víctimas menores de edad, dispuestos en una columna infinita por la que el dedo se deslizaba entre la congoja y el espanto. 

En los dos últimos años hemos podido leer cientos de escritos de todo género sobre el genocidio palestino. Pero pocos dicen tanto como este listado. Pocos golpean tan hondo como este censo de vidas segadas a las que el periodismo con alma ha querido rescatar de la fosa común de las cifras. 

Si la muerte de un solo niño es un despilfarro de la naturaleza, como escribió Julio Ramón Ribeyro, ¿qué clase de macabro derroche moral habrá que considerar esta matanza programada, que en un solo día se cobra de media el equivalente a un aula de escuela, que en un solo mes acaba con las vidas que ocuparían un colegio entero? 

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Cada línea de la lista es un peldaño en un descenso a los infiernos, no solo por la magnitud del dolor que contiene, sino por el atroz cálculo con el que ese dolor ha sido infligido. Uno lee: Omar, 11 años; Malik, 9 años; Tuleen, 1 año, y entiende que ellos u otros como ellos han muerto sepultados bajo escombros, destrozados por un proyectil, consumidos por el hambre. Y después: Naser, 7 años; Houriya, 12 años; Yasmin, 6 años, y sabe que pudieron sucumbir en una sala de hospital, en casa mientras dormían, intentando hacerse con un saco de harina o un bidón de agua, jugando en la plaza o en lo que quedaba de ella. 

Y así nombre tras nombre, en una vertiginosa sucesión de pantallas que pasan y pasan sin llegar nunca a su fin. Transitamos por ella yendo de la indignación a la piedad, del horror a la desolación, de la pesadumbre a la rabia y del estupor a la impotencia. 

De trecho en trecho, la columna de nombres se interrumpe para mostrar el retrato de un niño acompañado de sus datos personales, y entonces la denuncia adquiere mayor peso. Los autores del crimen ven a sus víctimas como objetos, como individuos de una especie inferior en la escala animal. La lista, en cambio, nos recuerda que eran niños. Niños en el sentido más digno y más humano de la palabra.

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