Un escalofrío desde el Pacífico

Pese a las réplicas aún sufridas el jueves, la eficacia de los sistemas de emergencia salva el seísmo de 8,8 grados del miércoles en Rusia y la alerta de tsunami sin apenas daños personales

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Editorial DN

Publicado el 01/08/2025 a las 05:00

El terremoto de 8,8 grados registrado en la madrugada del miércoles en el extremo más oriental de Rusia y las posteriores alertas de tsunami que se sucedieron en ambas orillas del Pacífico estremecieron al mundo. De manera inevitable, el mayor temblor de tierra en los últimos 14 años rescató de la memoria colectiva dos fenómenos catastróficos todavía muy recientes: los de Indonesia en 2004, donde un seísmo de 9,1º causó 280.000 muertos, y Japón en 2011, con 15.000 víctimas mortales y el siniestro en la central nuclear de Fukushima. Una instalación que de nuevo tuvo que evacuar a su personal por precaución. El deslizamiento de la placa del Pacífico bajo la de América del Norte en Kamchatka, una bien conocida zona de actividad sísmica, desató un terremoto de empuje en alta mar y a poca profundidad. Una situación teóricamente propicia para grandes tsunamis que desencadenó de inmediato la alerta en las áreas más expuestas de 12 países. Desde la propia Rusia hasta Alaska, Hawai o California, Japón y Filipinas o las islas de Ecuador y Chile, entre ellas las célebres Galápagos. Los operativos de emergencia movilizaron a cientos de miles de personas desde costas en las que el mar empezaba a enviar señales de peligro a zonas elevadas y seguras. El hecho de que las aguas inundaran lugares escasamente poblados y la altura de las olas no llegara a cumplir los peores temores permitió, a lo largo de la jornada, desactivar las alertas. El escalofrío que estos días envió el Pacífico y que ayer aún coleaba en forma de réplicas en la península de Kamchatka, recuerda la vital importancia de mantener servicios de protección civil dotados de personal y medios materiales, que permitan a las autoridades intervenir de inmediato frente a este tipo de potenciales catástrofes. En las imposibles de predecir, como terremotos y maremotos, y en las relacionadas con la crisis climática originada por la actividad humana, para las que hay que estar cada vez más preparados. Un objetivo siempre complicado de alcanzar en países empobrecidos, pero ineludible en aquellos que disponen de los recursos necesarios.

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