Cuando oigo decir “incertidumbre”, me echo mano a la cartera: alguien quiere venderme sus fosilizadas certezas

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José María Romera

Publicado el 12/07/2025 a las 05:00

Huyó lo que era firme y solamente / lo fugitivo permanece y dura”. Cuatro siglos después, los versos de Quevedo ante las ruinas de Roma describen bien la desolación ante los cambios que nos arrollan en términos globales. Todo se transforma a tal velocidad que ni siquiera los más despiertos y cultivados son capaces de librarse de su vértigo. Cuando crees haberte hecho con las claves de un dispositivo tecnológico o haber entendido por fin los términos de la última jerga, vienen otros cacharros y otros lenguajes a reemplazarlos tirando tu esfuerzo por la borda. No bien has salido de la alucinación de un bombardeo o del horror de una hambruna genocida, cuando ya las noticias te sirven otro crimen contra la humanidad más horrendo si cabe. En nuestros días la adaptación ha dejado de tener recompensa. Dentro de poco el hombre no solo habrá sido superado por la máquina, sino que trabajará para ella, hará las tareas que ella deseche, será una subcontrata a su servicio. Todo queda viejo en un abrir y cerrar de ojos. Un día nos acostamos imaginando un futuro y al siguiente nos lo han cambiado y ya no sirve. Y no hay reposo. 

Lo que hoy vemos pasar ante nuestros ojos poniendo cara de palurdo atónito es solo la prehistoria de lo que está por venir, un tímido anticipo de otras transformaciones estructurales que ni la ficción más dislocada puede concebir. Y en medio de este vapuleo de algoritmos y redes neuronales, de transhumanismo y antropoceno, de posverdad y de liquidación de las ideologías y acoso contra la democracia, carecemos de herramientas para conocer e interpretar las claves de las nuevas realidades que nos rodean por más que nos refugiemos en esquemas prescritos, en un grotesco empeño de explicar el presente por medio de códigos descatalogados. Inspiran cierta ternura esos discursos consoladores del Nihil novum sub sole que todavía se aferran a unos supuestos inmutables del universo y de la naturaleza humana en un intento vano de oponer resistencia cultural a lo que ya no tiene vuelta de hoja, mientras la habitación se nos va llenando de elefantes. Por no hablar de los que reducen todo a una palabra-fetiche: incertidumbre. Cuando oigo decir “incertidumbre”, me echo mano a la cartera: alguien quiere venderme sus fosilizadas certezas.

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