Opinión
"Quizá la sorpresa que se llevó su primer 6 de julio en Pamplona le hizo pensar que no hay fiesta equiparable a esta"


Publicado el 06/07/2025 a las 05:00
Mi padre nunca ha sido muy fan de las fiestas populares, pero los Sanfermines le cautivan. Quizá la sorpresa que se llevó su primer 6 de julio en Pamplona le hizo pensar que no hay fiesta equiparable a esta. Tras 34 años en Madrid y 8 en Zaragoza, mi padre llegó a Pamplona solo; su mujer e hijos seguíamos a orillas del Ebro. Su vida, de traje y corbata, se resumía en un único trayecto de ida y vuelta: del hotel donde dormía a la oficina que dirigía. La avenida de Carlos III, 200 metros arriba y abajo. De lunes a viernes. Y nada más. Como para pensar que en Pamplona se conocía la palabra “bullicio”. Tres semanas después de su traslado, un 6 de junio, último peldaño, cumplió 42 años. Sus compañeros, sabedores de que en su armario había poco más que camisas y americanas, le regalaron un polo blanco con el “7” rojo de San Fermín a la espalda. Debía guardarlo con cuidado: ese sería su uniforme de trabajo un mes después. ¿Acaso pretendían sus compañeros, a los que apenas conocía, despojarle del traje por primera vez en más de dos décadas de vida laboral? Con la mosca detrás de la oreja despertó el 6 de julio, ya en nuestra casa actual, en las afueras de Pamplona. Él siempre ha sido de levantarse pronto, desayunar con calma, empezar el día poco a poco. Pero aquel día adelantó aún más su rutina. Quince minutos, ni más ni menos. Ese cuarto de hora lo dedicó a observar a los transeúntes: una mujer de azul y blanco, un hombre de oscuro… Con tanto miedo como vergüenza se enfundó el polo y subió al coche. Faltaban pocos minutos para las 8 de la mañana. Las calles, a medio poner. Aparcó en la avenida de Carlos III convencido de que estaba haciendo el ridículo. En cuanto pisó la calle, blanco y rojo, blanco y rojo, rojo y blanco. Jamás había visto nada igual. Cuatro horas después se acercó con sus compañeros a una pantalla gigante. Sólo había dos colores. Escuchó un estruendo. Se anudó el pañuelo. Ya era uno más.