"Era el marco ideal para que Pedro Sánchez, que llegaba tocado por unos asuntillos de orden doméstico, desplegara sus alas"

Publicado el 28/06/2025 a las 05:00
De los muchos epítetos con los que se puede lisonjear a un jefe, Mark Rutte fue a elegir para Trump el más cursi: lo llamó papaíto. Esto da una idea de la atmósfera que se respiró en la cumbre de la OTAN en La Haya. Ya se sabe que en tiempos de amenaza bélica el miedo al poderoso cobra una enorme fuerza inspiradora, pero esta vez fue más lejos de lo que cabía esperar. Más que un acuerdo de los países miembros para abordar una política de defensa común, parecía un consenso para contentar a Donald Trump y a las industrias de armamento estadounidenses cuyos intereses vino a defender. El caso era salir vivos del lance sin dar mucho la nota, firmar lo que fuera menester y luego esperar acontecimientos. El acuerdo sitúa en 2035 el horizonte para el cumplimiento de los compromisos, de modo que, dada la velocidad a la que viaja la historia, de aquí a diez años todos calvos. Y quién sabe si en unas eléctricas. Era el marco ideal para que Pedro Sánchez, que llegaba tocado por unos asuntillos de orden doméstico, desplegara sus alas y se irguiera como un líder indomable en medio de tal despliegue de servilismo.
Mientras el resto acataba sin reservas el incremento del gasto militar del 5% del PIB, Sánchez se mantenía firme en el 2,1%. Que luego todos sin excepción rubricaran el acuerdo es uno de esos misterios de la prestidigitación que solo Sánchez puede explicar. Una cuestión menor, a juzgar por el silencio del PP y por la débil crítica de Ione Belarra, quien se ha limitado a apostar por las sutilezas del lenguaje diplomático con ese “Fuck Trump, fuck OTAN” lanzado desde su escaño. La foto de familia al final de la cumbre lo dice todo: una compacta formación de presidentes y jefes de gobierno alineados como bolos y a un lado, guardando las distancias, un Sánchez entre altivo y ceñudo. El rebelde solitario, el único dispuesto a poner pies en pared frente a las pretensiones belicistas, el defensor de nuestras pensiones, el faro de la izquierda, y, por si fuera poco, el blanco de las iras de Trump. Aunque sabemos que se trata de un antitrumpismo de conveniencia, no es mal resultado para un gobernante que la semana anterior parecía estar en las últimas. En cuanto a Rutte, anoten este nombre. Promete darnos más alegrías en el futuro.