Alguien le pidió su opinión sobre la buena marcha del Athletic en la liga. Toda la magia del encuentro se vino abajo cuando él dijo inadvertidamente "el Bilbao"

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José María Romera

Actualizado el 14/06/2025 a las 00:01

Un viejo amigo, poeta de cierto renombre, fue una vez a presentar un libro en un centro cultural de Bilbao. Después de recitar sus versos y responder a preguntas de los asistentes en un clima de grata complicidad, alguien le pidió su opinión sobre la buena marcha del Athletic en la liga. Toda la magia del encuentro se vino abajo cuando él dijo inadvertidamente "el Bilbao". Al instante vio cómo las sonrisas se tornaban muecas de disgusto y lo que estaba siendo un encuentro cordial acabó en una fría desbandada. Había caído en la trampa de los shibboleths. Según la Biblia, los galaaditas que habían conquistado las orillas del Jordán obligaban a quienes pretendían cruzar el río a decir la palabra shibboleth, que sus enemigos efrainitas no sabían pronunciar correctamente. Cuando la mala pronunciación delataba a alguno de ellos, era ejecutado en el mismo vado. El lenguaje es una hermosa herramienta de comunicación que con frecuencia actúa de arma de segregación. 

Hay en nuestro léxico cotidiano un buen número de voces que funcionan como marcas de identidad y de pertenencia. Un término, un dicho, una construcción gramatical o un simple sonido emitido de una determinada manera te pueden identificar como miembro de un bando sin necesidad de hablar un idioma diferente. Entre decir "España" o decir "el estado" hay una línea de separación más nítida que declararse de izquierdas o de derechas. Para algunos conservadores, poner tilde al adverbio "solo" es un gesto tan gallardo como honrar a Viriato. Con emplear sin tasa dobletes inclusivos logra cualquier diputado pasar por progresista. De la misma manera que al elegir la ropa unos optan por el fachaleco y otros por la kufiya, las palabras usadas como insignias en la solapa, como salvoconductos tribales o certificados de ortodoxia delimitan el nosotros y el ellos, nos integran en el grupo, abren y cierran puertas, nos definen como sospechosos efrainitas o como galaaditas de fiar. Son los shibboleths o chiboletes, como los llamó Unamuno. Su fuerza es inmensa, y se esconden hasta en las decisiones verbales más insignificantes. Si no lo creen, prueben a decir "el Osasuna", con el artículo preceptivo, en círculos 'rojillos' (o sea, en cualquier rincón de este mapa) sin resultar lapidados.   

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