Tenemos una “Cosa Nostra” que se ha arrogado los valores del pamplonesismo, que decide qué establecimientos se pueden abrir y cuáles no

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Álvaro Bañón

Actualizado el 07/06/2025 a las 23:51

Lo habrán visto si han paseado por el casco viejo de Pamplona. La cafetería Starbucks, abierta el pasado otoño en la calle Chapitela, ha sido apedreada dos veces desde entonces, con resultado de rotura de sus lunas ambas veces. La primera, el mismo día de la apertura. Probablemente al pasar habrá pensado “qué gamberrada, no tiene ningún sentido”. Si lo relacionamos con los distintos ataques (asaltos con clientes dentro) al Burger King abierto a escasos metros, ya empezamos a entender. Desde su apertura en 2013, este establecimiento ha sufrido agresiones muy serias que se han sustanciado en una sentencia judicial del juzgado de lo penal número 1 de Pamplona que especificaba que los ataques eran (textual) “por parte del entorno radical izquierda abertzale, ya que han considerado la apertura del local como una intromisión del imperialismo yanki en el casco viejo-Alde Zaharra de Pamplona”.

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Ahora ya todo cobra sentido. Tenemos una “Cosa Nostra” que se ha arrogado los valores del pamplonesismo, que decide qué establecimientos se pueden abrir y cuáles no, y dónde sí y dónde no. Sicilia años 30. Los sumos sacerdotes de la esencia de Iruña deciden, y ojito si se te ocurre poner algo en un sitio equivocado. Además del matonismo y querencia por la violencia, esto denota muchas otras cosas y ninguna buena. Estas agresiones rezuman una xenofobia evidente por un lado y, sobre todo, una creencia de superioridad intelectual ante “el resto de la gente”, porque “la gente es tonta y no sabe lo que quiere”. Les da miedo (como siempre) la libertad. Les da miedo que el consumidor elija y que no elija lo que ellos quieren, claro. Porque, además, estos establecimientos, para su desgracia, tienen éxito. Los chavales, sin complejos, van a ellos porque, simplemente, les gustan. “Me parece caro y malo”. Fenómeno, no vayas. Si es tan malo y caro, cerrará.

Les da miedo la libertad de establecimiento. Que un empresario (o varios) se jueguen su dinero, creen empleo y riqueza con el muy noble fin de tener beneficio les repatea. No pueden con ello. Es superior a sus fuerzas.

Un último apunte a los que lloran cuando cierra un comercio, un cine o un bar “de toda la vida”. Si cierra, es porque no compramos. Si toda la gente que se lamenta hubiera ido a comprar en el último año, no habría cerrado ese establecimiento. Somos los consumidores los que decidimos con nuestras decisiones de compra (o de no compra) qué establecimientos se abren, se cierran o se mantienen, y debe de ser asi. Los negocios en las ciudades evolucionan (desde siempre) por las decisiones de los consumidores, afortunadamente. No es un ente superior, ni los americanos, ni nadie más quien decide. Así que no nos lamentemos.

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