"Convendría recordar que la justicia y los derechos humanos no saben de beneficios, ni la solidaridad se mide en rendimientos"

Publicado el 31/05/2025 a las 05:00
Nadie en su sano juicio discute a estas alturas que nuestra vida cotidiana se sostiene en gran medida en la labor de personas migrantes. Ellas limpian nuestras casas, cuidan de nuestros mayores y nos sirven el café en el bar. Las vemos conduciendo el autobús o recogiendo melocotones, subidas al andamio o haciendo camas en el hotel, entregando paquetes a domicilio o cocinando en el comedor social, reparando la caldera o empujando la silla del inválido. Otras, en menor medida por el momento, escriben novelas, extirpan tumores, marcan goles, celebran misas y crean empresas, pero todo se andará. Por mucho que se encrespe el debate migratorio, ya no es posible rebatir racionalmente el argumento que coloca a los migrantes del lado de nuestros intereses porque, sencillamente, nos vienen de maravilla. A simple vista, el discurso basado en la utilidad laboral y económica de los migrantes tiene la suficiente fuerza persuasiva como para neutralizar las ofensivas xenófobas con la contundencia de los datos frente a los prejuicios. Pero su eficacia pragmática inmediata es un arma de doble filo. Bajo la apariencia integradora de estas razones late un fondo excluyente, puesto que invitan a rechazar a aquellos que no vengan a cubrir nuestras necesidades.
Si toda la dignidad que reconocemos a los llegados de fuera se reduce a su condición de recursos humanos, de mano de obra -barata, no hace falta decirlo-, los dejamos a merced de los vaivenes productivos, como simples piezas del mercado expuestas al azar del algoritmo. Hoy nos sirven; mañana pueden sobrarnos. Cuando se decide acoger al amparo de la productividad se está preparando el terreno para expulsar en nombre de la inutilidad. Mucho me temo que estos son los vientos que empiezan a soplar en nuestra hospitalaria Europa, y no exclusivamente por el lado de la ultraderecha. Tal vez por eso convendría recordar que la justicia y los derechos humanos no saben de beneficios, ni la solidaridad se mide en rendimientos. Para entenderlo ni siquiera es preciso apelar a la razón; bastan la decencia y las buenas emociones. Cualquiera que se haya conmovido con las imágenes de la tragedia en La Restinga entenderá de qué estamos hablando.