Extiende la mano y te entrega un bocadillo que huele a ajoarriero. “Llévate el almuerzo, disfruta de los Sanfermines y no vengas tarde”.

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Jose Murugarren

Actualizado el 26/05/2025 a las 23:28

Los puristas dirán que un cartel que anuncia los Sanfermines para que lo sea necesita una imagen del encierro o del santo o de ambos. Cuando las fiestas se visualizan desde su ángulo más percibido los toros en la calle, la procesión, la explosión festiva del chupinazo o la estética de su multitudinaria algarabía no tienen parangón. Pero los Sanfermines que pinta Sandra Nadal en su ganador “Hogar pamplonica” hablan de otra fiesta. Su cartel es un viaje interior. Nos interroga por los recuerdos, por la emoción de sentir esa punzada al pasar la víspera del gran día delante de la casa que fue de los padres o de los abuelos, el nido familiar de otro tiempo. Los ojos del observador se clavan delante de la ropa tendida que mueve el viento, frente a las ventanas y los balcones abiertos y te transportan a una época que no es ni hoy ni ayer y quizás no fue nunca porque la nostalgia es un viaje a un sitio mágico que pudo no haber existido. Y sin embargo, ninguna añoranza es tan fuerte como la que se experimenta contemplando lugares donde uno se descubre y se encuentra. 

Miras la fachada de la casa del cartel e imaginas la vida que pudo haber dentro. La cocina donde mamá preparaba pochas y ajoarriero como si los Sanfermines fueran a durar un mes, la cama de la habitación de tus padres y sobre ella los pañuelos rojos de toda la familia recién planchados, las fajas, la ropa blanca para los días 6 y 7. Tan fascinado estás en la contemplación que el cartel, la vivienda, los balcones, se hacen muy cercanos. Ya no eres un mero observador sino un vecino que habita en el interior de la casa de Sandra Nadal. Te has colado por una de las ventanas y encuentras refugio en un cuarto que pudo ser el tuyo en la infancia. Todo lo curioseas y jurarías que hay en el ambiente un aire familiar. Te pruebas el pañuelo rojo, el pantalón blanco…, te colocas la faja. Inhalas el aroma que desprenden las camisas y el olor a ropa limpia recordada confirma tu viaje al pasado. En el crisol de blanco y rojo y perfume que viene de lejos identificas una figura por el pasillo de la vivienda. Se acerca sonriendo, jurarías que es idéntica a tu madre, tal vez a tu abuela. Extiende la mano y te entrega un bocadillo que huele a ajoarriero. “Llévate el almuerzo, disfruta de los Sanfermines y no vengas tarde”.

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