"Pedro Sánchez encomendó a su fiel escudero Cerdán, que le había acompañado junto con el portentoso Koldo en todas sus aventuras, un nuevo reto"

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Pedro Charro

Actualizado el 25/05/2025 a las 22:40

En el mes de octubre de 2023, tras las elecciones de julio de ese año, Pedro Sánchez encomendó a su fiel escudero Cerdán, que le había acompañado junto con el portentoso Koldo -un personaje digno del recién fallecido Ozores- en todas sus aventuras, un nuevo reto. Esta vez se trataba de acudir a Waterloo y negociar con Puigdemont, el huido presidente que encabezó un golpe de estado contra la Constitución, seamos precisos, su investidura. Sánchez había quedado en segundo lugar en las elecciones, y dependía de una aritmética imposible, que incluía 7 votos en manos del fugado que ya se estaba frotando las manos. Al poco, vimos las fotos de Cerdán vestido de traje, con una corbata roja demasiado larga, posando junto a Puigdemont, bajo un gran cartel mostrando una urna de las del procès. 

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Días después, ya en noviembre, socialistas y Junts dieron a conocer un acuerdo para la investidura de Sánchez que anunciaba una ley de amnistía “para procurar la plena normalidad política, institucional y social como requisito irrenunciable para afrontar los retos del futuro inmediato”. Ese futuro inmediato ya lo conocemos y está lejos de cualquier normalidad: no hay presupuestos ni proyecto para un país en medio de un hedor insoportable, donde el sanchismo parece en descomposición. Lo viejo, como se decía, no termina de morir y lo nuevo, no termina de nacer. Entre los varios escándalos está el asunto de Cerdán y la adjudicación de unas obras, todavía pendiente de los informes de la UCO y de concretarse o no en algo, pero que inevitablemente trae a la memoria otros tiempos aciagos para el socialismo navarro. 

Tiene su gracia, por cierto, que a las supuestas mordidas se les hubiera llamado el cupo vasco. Es posible que quienes pusieron su mano en el fuego se acaben quemando, o que el guion de un giro inesperado. Pero la corrupción más letal, la peor de todas, ocurrió a plena luz del día y sin disimulo y consintió en pagar la recompensa de la impunidad por el puro interés de seguir en el poder. Ese poder que a menudo corrompe todo lo que toca.

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