"Entre los estudiantes de Filología, la figura de Fernando González Ollé traspasaba los límites de la autoridad para instalarse en los del mito"

Publicado el 24/05/2025 a las 05:00
Cuando entraba en el aula se hacía un silencio combinado de reverencia y de temor. Entre los estudiantes de Filología, la figura de Fernando González Ollé traspasaba los límites de la autoridad para instalarse en los del mito, sin que nadie supiera distinguir qué parte se debía a la admiración por su labor y qué parte a la fama, no del todo merecida, de profesor distante y severo que fue acumulando promoción a promoción a lo largo de décadas. Cada mañana se le veía dirigirse a la facultad a pie, con paso decidido y un braceo enérgico como de legionario, más desfile que caminata, operación que repetía de regreso al atardecer con la misma disciplina que aplicaba a la docencia y la investigación. Superar los dos niveles de la asignatura de Historia de la Lengua española que impartía González Ollé era para los futuros filólogos lo mismo que cruzar el cabo de Hornos para los navegantes: un reto extremo, una prueba de excelencia, un hito en la travesía hacia el título. Pero también representaba un sello de calidad que los aprobados a la primera exhibían con orgullo.
Superada la impresión inicial, 'Ferdi' -un mote de origen incierto, apócope del nombre de pila que lo hacía tocayo de su admirado Saussure- se revelaba como uno de los grandes. Con él aprendimos algo más que las reglas de evolución del idioma: nos enseñó a ver la lengua como un sistema regido por una matemática rigurosa en el que las palabras se comportan como artefactos de alta precisión. Desmontadas en la pizarra por su pulcra caligrafía o pronunciadas con una voz que parecía emerger de su peculiar sotabarba, las palabras semejaban piezas de tecnología punta. Respetarás el texto sobre todas las cosas: es el primer mandamiento de la filología. Muchos años después, la memoria aún acierta a recitar fragmentos de textos leídos y estudiados en sus cursos: estrofas del Laberinto de Fortuna con sus dodecasílabos de ritmo trotón y espeso ("Al muy prepotente don Juan el segundo"; "aquel que los fuegos corruscos esgrime"), o pasajes enteros del Conde Lucanor como el de don Illán, el mago de Toledo, que a uno le caería en suerte en las oposiciones a docente. Ahora que el profesor González Ollé ha fallecido a los 96 años, lo recordamos con gratitud. Sit ei terra levis.