Por qué el papado es una de las instituciones más malinterpretadas de nuestros tiempos

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David Thunder

Publicado el 22/05/2025 a las 05:00

Como católico, me llama a menudo la atención que el papado sea una de las instituciones más malinterpretadas de nuestros tiempos. Muchos de los comentarios que he escuchado acerca del Papa -ya se trate de Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco o incluso León XIV- parecen insinuar que el Pontífice es equivalente al líder de un partido político o al director ejecutivo de una franquicia global.

Desde esta perspectiva, el Papa podría orientar a la Iglesia en una dirección más “liberal”, “progresista” o “conservadora”, según sus opiniones personales o su ideología política preferida. Así, un Papa podría estar a favor del sacerdocio femenino, otro en contra; uno podría adoptar una postura más tolerante respecto a las relaciones homosexuales, mientras otro podría condenarlas; uno podría suavizar la postura de la Iglesia sobre el aborto, mientras otro la endurece.

Si esto fuese cierto, la Iglesia Católica, sus enseñanzas y sus exigencias morales serían como arcilla en manos del Papa de turno. Las doctrinas fundamentales podrían ser modificadas o revocadas mediante una especie de “orden ejecutiva” papal. Los católicos fieles tendrían que adaptar sus opiniones políticas a lo que el Papa opinase sobre temas como el cambio climático, las vacunas, la política económica o el Estado del bienestar. Si todo esto fuera así, la Iglesia dejaría de ser una institución religiosa mínimamente creíble.

Se convertiría en una organización humana autoritaria, donde las opiniones de un solo hombre podrían pasar por encima de milenios de enseñanzas consolidadas, y los fieles tendrían que repetir sin cuestionar cualquier postura política que saliera de la boca del Pontífice, por discutible que fuera.

Si el Papa tuviera realmente el poder o la autoridad para alterar o anular las enseñanzas consolidadas de la Iglesia, o para imponer a los católicos la aceptación de sus opiniones personales sobre cuestiones políticas complejas -como la mejor forma de expresar solidaridad con los pobres a través de las instituciones públicas-, entonces la Iglesia se vería abocada a una contradicción insostenible, y los católicos se verían obligados a elegir entre la razón y su participación fiel en el cuerpo de la Iglesia.

Afortunadamente, los católicos no tienen que elegir entre la racionalidad y la participación devota en la vida de la Iglesia, porque el Papa no es el jefe de un partido político ni el CEO de una multinacional, aunque algunos analistas así lo presenten. El Papa no es un líder político, sino un guía espiritual.

Su misión es ser el vicario de Cristo y custodiar los tesoros de una institución bimilenaria, ante todo el tesoro de la fe en Cristo y las verdades esenciales que esa fe contiene.

En ningún momento se contempla en su misión que deba instruir a los católicos sobre los resultados de la ciencia climática, o sobre los pros y contras de políticas de mercado frente a políticas estatales para luchar contra la pobreza, ni sobre los méritos médicos de una u otra vacuna. Tampoco forma parte de su cometido redefinir las enseñanzas de la Iglesia para que encajen con “los tiempos modernos”. Su papel es el de custodio temporal de una rica tradición moral y espiritual cuyo garante último es Cristo mismo.

Desde fuera, la elección del Papa puede parecer una pugna entre ideologías políticas enfrentadas. Pero desde dentro -desde la perspectiva de quienes viven su fe con hondura y consideran a la Iglesia un instrumento de salvación-, la elección del Papa es la designación del sucesor de San Pedro: un hombre llamado, por la gracia de Dios, a custodiar la misión espiritual y salvífica de la Iglesia, y a ser, como ha sido llamado tradicionalmente, el siervo de los siervos de Dios.

David Thunder. Investigador de filosofía política

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