¿El paro juvenil? No nos engañemos: es la educación

Publicado el 19/05/2025 a las 05:00
Nuestro país arrastra, desde hace años, un mal endémico que nos ruboriza y cuya solución no parece fácil a pesar de que otros países de nuestro entorno han logrado resultados razonables. Se trata del paro juvenil, cuyas cifras duplican las de los países de la Unión Europea, y que algunos califican de un mal “estructural”, término que, en sí mismo, parece justificar tamaño despropósito. Su raíz más profunda se encuentra en nuestro sistema educativo o más bien en los diecisiete sistemas educativos que tenemos, cada uno de ellos tirando por su lado. Las disputas territoriales y concepciones unilaterales autonómicas sobre los contenidos y exigencias de la educación no son el menor de nuestros males.
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Desde el año 2000 y, por tanto, desde la perspectiva de un largo ciclo de veinte años, los alumnos españoles tienen un bajo nivel de rendimiento, tanto en Primaria como en Secundaria, y es particularmente bajo en matemáticas en todas las comparativas internacionales. No solo lo afirma el informe PISA (Programme for International Student Assement: Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes), sino también los informes PIRLS (Estudio Internacional de Progreso en Comprensión Lectora) y TIMMS (Estudio Internacional de tendencias en Matemáticas y Ciencias), impulsados para entender el rendimiento comparado con otros países en comprensión lectora, ciencias y matemáticas. Todas las comparativas internacionales ponen de manifiesto el bajo rendimiento de nuestros alumnos. Hay que remontarse a 1990, cuando se aprueba la LOGSE (Ley Orgánica General del Sistema Educativo) por un gobierno socialista decidido a apostar por la equidad, desarrollando un modelo basado en evitar toda diferenciación por considerarla discriminatoria, como si no pudieran conseguirse ambas cosas simultáneamente, como ha sucedido en otros países. En España, erróneamente se interpreta que la equidad significa dar a todos lo mismo, cuando la auténtica equidad significa compensar con más medios a aquellos que parten de situaciones menos favorecidas.
Para aquellos estudiantes que comienzan la educación obligatoria desde un punto de partida más desfavorable, no existe un método objetivo que sirva para valorar hasta qué punto están rezagados respecto del resto, fuera de la percepción del profesor. Si eso sucede curso tras curso, los rezagados comienzan a repetir curso -que, a pesar de todo, solo repiten excepcionalmente unos pocos- y esto es un grave error, ya que no existen medidas compensatorias que les pongan a un nivel razonable. En España, dividir a los alumnos en grupos según su rendimiento nos parece una aberración por un concepto equivocado de la equidad. Se considera discriminatorio, cuando lo que es discriminatorio es continuar mezclados unos y otros sin prestar la atención que merecen los que proceden de entornos menos favorecidos y los inmigrantes.
La tasa de abandono escolar temprano, según los datos del Ministerio de Educación del año 2024, es del 13,6%, un porcentaje que debería hacer pensar a las autoridades educativas. Estamos solo delante de Rumanía (16,6%). Las diferencias entre Comunidades Autonómicas no son nimias: los mejores resultados los obtienen el País Vasco (5%), Cantabria (5,5%) y Navarra (9,9 %), siendo las peores Baleares, Murcia y La Rioja. Es un modelo que ha quebrado no solo en calidad sino también en equidad: la sociedad no les ha ofrecido lo que requieren sus circunstancias personales, en ocasiones nada fáciles.
¿Qué sucede con los alumnos que han llegado a los 16 años y abandonan los estudios? Que tenemos un porcentaje importante que tienen una preparación ínfima para encontrar un empleo y tampoco poseen las condiciones mínimas para integrarse de modo coherente en una sociedad democrática. Es la parte de la población que desconoce las reglas de una sociedad moderna, no sabe por qué vota a los partidos y mucho menos sus programas, no está al tanto de las noticias y tampoco de las decisiones de un gobierno que puedan o no afectarle en su vida diaria. Su vida transcurre zarandeada por los vientos, favorables o adversos, que soplan en cada momento y ni siquiera sabe de dónde vienen. Están desplazados en una sociedad que, salvo en trabajos muy elementales, no puede ofrecerles nada. Y no son muchos.
La Formación Profesional que, después de la mentalidad obsesionante de que todos deben ser universitarios y ahí están los resultados, está despegando y crece el interés por cursar estos estudios donde existe una demanda importante. Pero hay que resolver un problema: dedican poco tiempo a las prácticas en empresas y hasta que no se tomen medidas para incentivar a las propias empresas, no se resolverá esa deficiencia. Queda mucho camino por recorrer.
Francisco Errasti. Economista