Un momento único en Europa
"Ha llegado la hora de que la Unión Europea recupere la plena conciencia de su ser y de su misión en todo el continente y en el resto del orbe"

Publicado el 09/05/2025 a las 05:00
El 2 de marzo de este año, tras el drástico volantazo de opinión y de actuación de Donald Trump sobre Ucrania y sobre Europa, el primer ministro del Reino Unido, el laborista Keir Starmer, tras convocar en Londres a los líderes europeos, resumió bien la nueva situación creada: “Vivimos un momento único en una generación para la seguridad de Europa”. Dicho esto tras el Brexit por el primer político británico, el aviso no podía ser más enjundioso. En verdad, era el momento más grave de la historia de Europa desde la derrota del nazismo.
Cuatro días después, la presidente de la Comisión Europea, la democristiana Úrsula Von der Leyen, al proponer un monto de 800.000 millones de dólares para una defensa adecuada de la Unión, movilizando también el capital privado, revelaba acertadamente el significado profundo que los nuevos acontecimientos tenían para la causa europea: “Aunque el mundo esté cambiando, los valores europeos no lo hacen: la estabilidad, la seguridad, la prosperidad y la libertad siguen siendo fundamentales”. Las palabras de la presidente son solo ecos del artículo 1 bis del Tratado de la Unión, firmado en Lisboa (2007), que proclama: “La Unión se fundamenta en los valores de la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de derecho y respeto de los derechos humanos, incluido los derechos de las personas pertenecientes a minorías”. Valores que no son solo bellos conceptos, sino, al mismo tiempo, extremos eficientes y judiciables, que conllevan severas sanciones contra su negación y violación.
Tantos años dependiendo, en seguridad y defensa, de los Estados Unidos de América, y, en fuentes de energía, de la Rusia de Putin, nos habíamos olvidado tal vez de la primacía política, cultural y moral de la vieja Europa, patria entrañable de todos los europeos. Por eso nunca fueron tan oportunas las palabras de la estonia Kaja Kallas, vicepresidente de la Comisión y alta representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, el pasado 28 de febrero: “Ha quedado claro que el mundo libre necesita un nuevo líder. Nos corresponde a nosotros los europeos asumir este desafío”.
Ha llegado, pues, la hora de que la Unión Europea recupere la plena conciencia de su ser y de su misión en todo el continente y en el resto del orbe. Feliz rareza geográfica, histórica y política en todo el mundo, único conjunto de Estados de derecho y bienestar a la vez, es el momento propicio para tomar las decisiones necesarias, aunque no sean fáciles y puedan resultar penosas, a fin de proteger a la vez nuestro bienestar y nuestro derecho con una mayor cohesión, libre y resuelta.
Aquella “pequeña ciudad”, que fue un día Roma, y llegó a gobernar “la tierra toda”, según el sofista y orador griego Elio Arístides, fue un precedente lejano de la pequeña Europa que, siglos más tarde, llegaría a gobernar medio mundo. Pero la Europa de hoy, heredera de la de ayer, ya no pretende conquistar nuevos territorios ni dominar gentes ajenas, sino llegar a ser lo que puede ser con lo que es, dentro del concierto pacífico mundial de las naciones, libres e iguales entre sí.
Pocos lo dijeron tan bien como Juan Pablo II, el 9 de noviembre de 1982, desde Santiago de Compostela: “ (…) No te deprimas (Europa) por la pérdida cuantitativa de tu grandeza en el mundo, o por crisis sociales y culturales que te afectan ahora. Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso en el mundo”.
También Atenas fue un día débil ante el Imperio Persa, pero Atenas sobrevivió y fue con Roma e Israel raíz nutricia de la Europa de hoy y de todos los pueblos democráticos que siguieron sus ideales. Estos días de incertidumbres y zozobras, cuando los delirios de unos plutócratas iluminados, de uno u otro color, hacen temblar el mundo político, repaso la historia de los grandes europeístas de todos los tiempos:
Sulpicio Severo, Beda el Venerable, Angilbert, Dante, Pierre du Bois, Petrarca, A. S. Piccolomini, Vitoria, Erasmo, Comenius, Abbé de Saint Pierre, Leibniz, Vico, Montesquieu, Voltaire, Jovellanos, Gibbon, Condorcet, Mirabeau, Bentham, Kant, Burke, Goethe, Schiller, Herder, Novalis, Hegel, Saint Simon, Comte, Heine, Lamartine, Michelet, Hugo, Donoso, Mazzini, Tocqueville, Ramke, Renan, Burckhardt, Spengler, Valery, Mann, Maritain, Jaspers, Ortega, Heidegger, Dawson, Madariaga, Rougemont, Toynbee, Keyserling, Curtius, Jünger…
Y, si añadimos a la lista los padres fundadores: Schumann, Monnet, Adenauer, Hallstein, De Gasperi, Spinelli, Spaak, Beyen, Bech… ¿qué son, comparados con ellos, los Trump, Vance, Musk, Putin, Orban, Salvini, Abascal…, que, estos días, nos turban y perturban por sus torpes dichos y peores hechos?
Víctor Manuel Arbeloa. Escritor