"Lo que sucede en el ruedo de Sevilla, cuando surge el toreo, mantiene una relación hertziana con la reacción que provoca en el tendido"

Publicado el 08/05/2025 a las 05:00
Emilio Vara ha escrito que la Feria es la mentira más pura de los sevillanos y me apunto a esa hermosa fabulación donde todas las penas y las estrecheces se convierten en alegrías, en dispendio, ropa planchada y en brazos al aire y, siendo de noche, parece que es de día. Hasta Roma me llegaron la media docena de muletazos que pegó Morante apoyado en las tablas de la Maestranza y que remató con un natural bajísimo de desprecio y uno de pecho dándole al toro una salida cósmica y efervescente. Se rompió la plaza con sus piedras y sus mármoles, que yo siempre imagino que fueron de algún retrete del emperador Adriano, y tardó en celebrarlo la plaza como si estuviera conteniéndose, como si aún esperara más. O acaso estaban dormidos y de pronto, despertando, cayeron en la cuenta de que todo lo que estaban viendo era verdad. Lo que sucede en el ruedo de Sevilla, cuando surge el toreo, mantiene una relación hertziana con la reacción que provoca en el tendido, y a veces la alegría es un tanto anterior a la conclusión del hecho que la provoca.
Así, se canta el capotazo antes de que termine, pues el aficionado va por delante en el tiempo, vive en el futuro y ya sabe, porque ya lo ha visto con el ojo del corazón, lo que va a pasar. Finalmente pasa y, entonces, el ole va por delante. Otras veces, como esta, el público celebra con un instante de retraso y ese decalaje es fruto de la incredulidad de lo que está sucediendo, y aquí el electrón se aleja del núcleo en una tensión que se resuelve en la locura. Uno queda callado, y le van brotando de dentro fuerzas telúricas que lo elevan en la felicidad del toreo, que es una felicidad cuántica, pero real como pocas. Vale que Dios no está en el vídeo, como dijo el Paula, pero había uno de un capotazo de Curro en el que, empezada la media verónica, un tipo de la barrera en Sol se echaba las manos a la cabeza, apartaba la vista y cerraba los ojos como si fuera demasiado lo que estaba viendo, como si atropellaran a alguien delante de él, pero al revés. Después, volvía los ojos a lo que pasaba en el tercio, y Curro aún no había rematado la media.