"No me asusté ni corrí a aprovisionarme de víveres, pilas y linternas, pueden creerme"

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Lucía Baquedano

Actualizado el 07/05/2025 a las 22:55

Estaba muy hacendosa frente al ordenador cuando de pronto la pantalla se tiñó de negro. ¡Vaya!. Ya he tocado algo que no debía, pensé, ya que dada mi poca formación informática me sigo culpando de todos los desmanes de mi aparato. Resignada a haber borrado lo escrito, me percaté de que también la lámpara había perdido su esplendor, así que fui a ver si manipulando los automáticos volvíamos a la normalidad. Naturalmente, y como los demás vecinos, me enteré de que no solo mi casa sino también los comercios aledaños estaban en las mismas condiciones, y de que además la avería se iba extendiendo hasta alcanzar a toda España, Portugal y parte de Francia. No me asusté ni corrí a aprovisionarme de víveres, pilas y linternas, pueden creerme. Como no pensé en sabotajes ni en culpables, me dije que tal vez habíamos vuelto a los tiempos de mi infancia, cuando cualquier tormenta o descarga eléctrica nos dejaba a oscuras y mi madre, tras haber rezado a Santa Bárbara, colocaba velas aquí y allá para hacer más llevadera la oscuridad. 

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Mis pocos años me hacían vivir aquello como una aventura. Tanto, que cuando volvía la luz, que recibíamos con un “alabado sea Dios” de los mayores, yo sentía cierto desencanto, ya que me hubiera gustado cenar a la luz de las velas. Por aquel entonces, tuve la suerte de pasar unos días en la Venta de Zumbeltz donde no tenían luz eléctrica. Al oscurecer encendían en la gran cocina una lámpara de carburo, y aquello se convertía en un maravilloso cuento, porque cada uno subía a su habitación portando una palmatoria con su velita encendida. A mi regreso lo conté a mis compañeros de clase, pero no lo creyeron, ¿tal vez a causa de la envidia? El día del apagón, viendo el desconcierto y el miedo a mi alrededor, me preguntaba si como en mis años infantiles casi sería una fiesta para los niños lo que causaba desasosiego y temor en los mayores.

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