"Cuanto más tendemos a ennoblecer la imagen totémica de los libros, más alejado de ellos se siente el profano que los percibe como una meta inalcanzable"

Actualizado el 25/04/2025 a las 23:47
Me invitaron una vez a intervenir en un ciclo de charlas de fomento de la lectura, en el que cada sesión iría dedicada a una obra destacada del canon literario universal. Con la mejor de las intenciones, los promotores habían decidido titularlo Los ochomiles de la literatura, inspirados tal vez por las imágenes modernas de un Everest superpoblado. Mientras en mi turno explicaba a los asistentes algunas claves de Grandes esperanzas, caí en la cuenta de que en aquel contexto la muy legible novela de Charles Dickens se convertía en una cumbre dura de pelar, y que más que animar a leerla lo que quizá estaba haciendo era plantear un desafío para himalayistas.
En estos días de abril de inusitada fiebre librera, profesores, editores y gestores culturales dedicados al fomento de la lectura se han vuelto a preguntar cómo es posible que un bien tan ensalzado públicamente como es el libro reciba tanto rechazo privado: por qué sigue creciendo el número de personas reacias no ya a leer, sino a abrir un libro, pese a la certeza supuestamente compartida de que los libros son fuente de gozo, de saber y de enriquecimiento interior. Que el libro tiene sus enemigos exteriores no es ningún secreto. Pero ni la perpetuación de la incultura secular, ni los censores que asoman donde menos se espera, ni el floreciente mercado de las distracciones ni, en fin, el comodín de las tecnologías que arrasan con todo explican por sí solos un rechazo que pocos bienes culturales sufren con tanta inclemencia.
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Puede que parte de la culpa recaiga en los propios defensores del libro. Una cosa es cantar las excelencias del trato con la letra impresa y otra dar a entender que la lectura constituye una actividad propia de seres superiores, dotados de unas cualidades negadas al común de los mortales. Cuanto más tendemos a ennoblecer la imagen totémica de los libros, más alejado de ellos se siente el profano que los percibe como una meta inalcanzable. Muros, y no puentes. Instrumentos de tortura, objetos sagrados de propiedades malignas, cajas de Pandora que mejor mantener cerradas y a distancia. Yo diría que en la condena social a la hoguera de El odio de Luisgé Martín ha habido algo de este respeto reverencial hacia los libros que al hacerlos temibles acaba volviéndose contra ellos.