"Es lo que ocurre cuando se depositan en el callejero las ansias de honor y las de justicia, que no siempre van en armonía"

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José María Romera

Actualizado el 18/04/2025 a las 11:57

Eran pocos los pamploneses que sabían que Pamplona había tenido un escritor llamado Ángel María Pascual. Y eran aún menos los pamploneses que sabían de la existencia en el callejero municipal de una plaza con su nombre. Ahora a algunos les ha picado la curiosidad y han ido a verla. Y lo que han encontrado ha sido un poco decepcionante. Más que una plaza, es un escueto anillo de asfalto en cuyo interior se extiende un hierbín con dos magnolios y un ciruelo, cercado por impenetrables paredes tras las cuales asoman las crestas de unos cuantos casoplones. 

Entre estos y el ciruelo, el vacío. No hay bancos, ni estatuas, ni fuentes, ni jardines. Ninguno de esos elementos que, por modestos que sean, suelen dar carácter a las otras plazas que conocemos. El espacio destinado a los humanos está ocupado aquí por los coches estacionados. No se aprecia señal de vida que no sea motorizada. ¿A qué enemigo de las letras se le habría ocurrido en su día arrinconar la memoria de Pascual en este triste aparcadero? Bueno, ya se sabe que los nomenclátores de las ciudades imperan el azar y la arbitrariedad. El propio Pascual afirmaba en una de sus 'Glosas' que, en Pamplona, para que te dediquen una calle tenías que hacer un donativo o derribar una muralla. Lo que no decía es qué debía pasar para que te la quitaran, como anuncian que harán ahora con su placa.

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Es lo que ocurre cuando se depositan en el callejero las ansias de honor y las de justicia, que no siempre van en armonía. Como somos muy de juzgar y condenar, y poco de admirar y agradecer, nos gusta dictar sentencias en forma de calles de quita y pon aunque en ese juego incurramos en frecuentes meteduras de pata. No desistamos. En nuestras instituciones abundan los hombres y mujeres imaginativos, de mente ágil y con altura de miras, que con toda seguridad serán capaces de hallar fórmulas nuevas para dar el tratamiento adecuado a los antepasados ilustres pero incómodos sin necesidad de zarandearlos. Algo que los coloque al mismo tiempo en el cadalso y en el pedestal, en la gloria y en el infierno, a elección de cada ciudadano. No estamos tan sobrados de genios como para aplicarles el rigor de una 'abolitio nominis' que acabe dejándonos sin nombres propios con los que llamar a nuestras calles.

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