"Sudo y doy pedales, pero no tardo en entrar en el Eroski del barrio"

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Jose Murugarren

Actualizado el 07/04/2025 a las 23:42

Cuando el monitor de spinning grita “arriba” me sobresalto. Experimento la misma agitación que al sonar el despertador por la mañana. “¿Por qué vocea?”, pregunto abstraído al compañero que suda a mi lado el esfuerzo en su bicicleta. “Empieza la subida y hay que endurecer la marcha”, me aclara. “Si alguien se ha ido a otra parte y prefiere seguir ahí, también vale, pero acelerad…”, suelta comprensivo el ‘profe’ y eso alivia mi despiste. “Vamos, vamos”, anima y voy, pero a otro lugar. Veinte tipos pedaleamos pero a mí me pilla..., en la selva congoleña.

 Ayer vi un documental sobre los chimpancés bonobos y su recuerdo persiste. “Son monos listos estos simios empeñados en evitar la confrontación y aplicar la tolerancia para resolver conflictos”, dijeron en el reportaje. De cuerpo presente estoy aquí, pero realmente estoy allá sin que haya garantías de a qué lugar voy en el próximo minuto. “Es curioso que achaquen a los adolescentes una atención volátil y yo no consiga centrarme en lo que dice el monitor”. Estoy físicamente, pero me voy y me doy cuenta cuando regreso. El cerebro es un arma poderosa que gestiona por su cuenta. Se burla de mí y circula con una autonomía impropia. Me voy y vengo. Suena una música rockera que me impulsa. “Vamos, vamos”, escucho al ‘profe’ y eso me trae de nuevo un segundo. Y sonrío por disimular.

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Sudo y doy pedales, pero no tardo en entrar en el Eroski del barrio. “Coger carne de ternera para hacer un guisado, leche semidesnatada, plátanos y yogures de limón”, repaso mi lista. “Últimos quince segundos, vamos, vamos, aprieta, aprieta y esprinta”, arenga con el convencimiento de un escapado. Yo voy y vengo. Soy escapado también pero el sprint me pilla en el lineal de licores cavilando, “nada de güisqui americano ni nueces de California”, me digo. Será mi respuesta a los aranceles de Trump. Mejor, vino y frutos secos de la tierra. Estoy con la energía desbordada y detecto tarde que mis compañeros han detenido su marcha.

-¡Qué motivado!, dice el ‘profe’. Me siento descubierto. Me sonrojo. Él, sonríe comprensivo y yo, mirándolo tan majo, tan flexible, me acuerdo de la tolerancia de los bonobos.

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