Un día algún oyente se hartará y plantará cara al “esto no va de” con un desafiante “¿y tú, de qué vas?”

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José María Romera

Publicado el 05/04/2025 a las 05:00

Días atrás atendíamos, con la concentración y el respeto que merece la actualidad en estos tiempos tormentosos, al curso del telediario de la noche cuando irrumpió en la pantalla la portavoz del Gobierno para aclarar ciertos puntos relativos a la nueva normativa sobre creación de chiringuitos en el ámbito de la enseñanza superior. “Esto no va de universidades públicas o privadas -señaló-; va de buenas o malas”. Me habría parecido una declaración sensata, como todas las suyas, si no fuera por la cobertura sintáctica en la que venía envuelta y que, a primera escucha, sonaba regular. Recordé entonces otras palabras salidas de boca ilustre en los últimos días, y que también habían venido encabezadas por un desenfadado “esto no va de”. 

Por ejemplo: “Esto no va de amigos ni de socios, sino de defender nuestros intereses” (la exministra González Laya, a propósito de las relaciones con la troupe de la Casa Blanca). Otro caso: “Esto no va de plazos. Va de cumplir con los compromisos” (Yolanda Díaz, en plena trifulca sobre el SMI y el IRPF). Ítem más: “Esto no va de medir cuánto tiempo tarda un pasajero en viajar de una capital a otra. Va del desarrollo del país de cara al futuro” (Diputado General de Álava, sobre la conexión del TAV entre Navarra y el País Vasco). Acabo: “Esto no va de dinero, va de España” (Díaz Ayuso, no sabría decirles a santo de qué). Más que una moda del habla, parece una plaga. 

Una epidemia que, con origen en los patios de instituto, se expande por platós, redacciones, paraninfos, juzgados y cámaras de diputados y que esta temporada alcanza el cénit de incidencia. La fórmula funciona de la siguiente manera: primero se corrige, replica, enmienda o desautoriza (“esto no va de”) lo dicho por el contrincante, y acto seguido (“esto va de”) se desvía la cuestión al terreno de conveniencia, invocando un valor superior impepinable del que, naturalmente, el hablante se erige en albacea, paladín o mánager exclusivo. Un ejemplo de cómo los usos informales del lenguaje pueden devenir en recursos argumentativos de primer orden si se aplican con oportunidad y buen tino. El problema, como siempre, es la reiteración. Un día algún oyente se hartará y plantará cara al “esto no va de” con un desafiante “¿y tú, de qué vas?”.

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