La empresa debe ser una experiencia humana profundamente inspiradora

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Roberto Cabezas

Publicado el 31/03/2025 a las 05:00

La centralidad de una empresa tiene (debe) estar en las personas. Si esta premisa se pierde, las posibilidades de error se maximizan. Y una de las razones más frecuentes, dentro de una sumatoria de actuaciones desafortunadas como la indolencia, la relativización del esfuerzo, el afán de hacer complejo lo sencillo (que no es lo mismo que simple), la pérdida de coherencia y de naturalidad, el tomar malas decisiones en temas de costes o el caer en estado de parálisis en un mundo tan vertiginoso y cambiante, entre otras, es la aparición de los tics de arrogancia promovidos por los pluscuamperfectos. El éxito en una empresa no es una dinámica inalterable. Creer que la consolidación en el mercado y, sobre todo, en la mente y en el corazón de los clientes, internos y externos, es eterna es una quimera. Un error garrafal. En el mundo del management, torres más altas han caído, y en estos tiempos la caída es mucho más frecuente.

Liderar un proyecto empresarial o profesional exige ser un celador sensible a estas situaciones, para que no se derrita la consistencia, para que no se estropeen los resortes que crean valor, para no afectar las confianzas (que no se compran en el supermercado de la esquina) y para que no se propaguen las tonterías humanas que tumorizan todo: las envidias aspiracionales, los egos desmedidos o los celos que dividen y nunca multiplican.

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Cada vez con más frecuencia veo profesionales y directivos en las empresas que se creen presidentes de Telefónica, y miran al mundo con aires de superioridad por encima del hombro. Van por los pasillos de las compañías bien peinados y vestidos poniéndose medallas, pidiendo aplausos y poniéndose en la foto en primera fila, dando lecciones de perfección y de excelencia. Pero se olvidan que la excelencia habita en la empatía y no en el alarde ni en la petulancia. No hay excelencia sin crecer haciendo crecer a los demás.

Pero ojo, una cosa es la calidad y el sentido de la excelencia y otra el running profesional de los pluscuamperfectos, esas personas que hacen ostentación sistemática de su vida modélica, cayendo en una actitud insoportablemente egoísta y oportunista. No creo en ese ideal de perfección porque pierde total valor cada vez que tienen la necesidad de refregarnos en la cara que son perfectos, y viven con esa actitud supremacista viendo la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio.

Seguro que si existe esa excelencia de película de Marvel no la podemos separar de la humildad, ni de la sencillez, que no es lo mismo que simpleza. Lo excelente no puede ser arrogante. La arrogancia lo ensucia, lo contamina y lo pringa todo. Yo prefiero la calidad con alma, esa que no deja que los pluscuamperfectos la secuestren. Porque el liderazgo (siempre imperfecto, por supuesto) influye, el liderazgo inspira, el liderazgo cuida, el liderazgo es sencillo, es generoso, coherente y honesto.

Unos influyen menos y otros más. Los que tienen más influencia son los que lideran y ayudan a crear una cultura robusta basada en el ejemplo. Porque la cultura es algo que la gente vive y no se puede enseñar a través de una newsletter o de una charla. Lo esencial del liderazgo es generar una experiencia humana profundamente inspiradora, de lo contrario no tiene ningún sentido.

En este proceso juega un papel relevante la autenticidad y la confianza. Es decir, la coherencia entre lo que dices y lo que haces, porque la única forma de transformar organizaciones es con el ejemplo, especialmente en la parte más resbaladiza de corregir, modificar, de renovar o evolucionar, que es la cultura. Y ese camino de transformación comienza con uno mismo, pero sus efectos pueden ser multiplicadores para potenciar la confianza, mejorar las relaciones interpersonales al incrementar nuestra capacidad de escucha, nuestra empatía y nuestra compasión. En definitiva, mejorar nuestra salud profesional, aumentar la productividad, la creatividad y la capacidad de aprendizaje.

Hay muchos casos que han tenido que espabilar para poner a la persona en el centro. Porque la cultura de las empresas no se cambia con discursos, se cambia con líderes que procuran dar buen ejemplo. Y ojo, el ejemplo es ejemplo. Pero si es negativo y propaga la contradicción y pregona la incongruencia, las cosas buenas no pasarán y no habrá transformación que sea viable.

En el álgebra del management las personas deben ocupar un sitio de privilegio. Pero real. La empresa no es un negocio, es una comunidad de personas con un propósito común. Más aún en estos tiempos tan complejos, donde reina el algoritmo y avanza la IA con un saco de preguntas sin resolver, la empresa con propósito y legado está obligada a escorarse a favor de las personas en una ecuación y armonización nada de sencilla, ya que debe también garantizar un alto grado de competitividad para poder sobrevivir con cierta suficiencia.

Un matiz sobre el propósito. Tengo la impresión de que tenemos una cierta indigestión de propósito. Tiene que ser sincero y no una respuesta porque “está de moda”. Creo que ha comenzado a ser un poco empalagoso. Me explico. Está bien utilizar el propósito para tomar decisiones, pero esos empeños cobran valor en el legado que deja un impacto duradero en las personas y en las organizaciones. Por eso es que un buen líder deja una huella eterna que marca, que distingue y que ilumina como faro para siempre. Pienso que los legados imprimen sentido a las trayectorias y a los esfuerzos. Los legados, tú legado, son aquello que tú y yo entregaremos en la carrera de relevos de nuestra vida profesional.

Roberto Cabezas Ríos, Top 1 HR Influencers in Spain 2025, Expert in Higher Education Management, Universidad de Navarra

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