"El caso es que la palabra “mena” se fue pervirtiendo, no siempre de manera espontánea"

Publicado el 22/03/2025 a las 05:00
Algunos expertos en literatura oficial sitúan el origen del sintagma “Menores Extranjeros No Acompañados” en 2009, año de su debut en el BOE (al parecer, en un protocolo firmado por el Gobierno de Navarra y el Ministerio de Trabajo e Inmigración) tras arduas pesquisas para dar con el eufemismo apropiado en un asunto tan sensible. Así nacería el acrónimo “mena”, una criatura verbal que sin llegar a la mayoría de edad humana ya ha dado tanta guerra como incomodidad producen los seres a quienes designa. “Mena” pretendía suavizar la siempre espinosa cuestión migratoria.
Era un nombre sencillo, de fonética clara y sonoridad amable, inclusivo, empático y apto tanto para el habla común como para la jerga administrativa. Pero no tardaría en cumplirse, una vez más, la fatídica regla de la libertad de las palabras. Ya saben, las palabras cogen alas, empiezan a volar por su cuenta y en esos viajes se van cargando de significados imprevistos y de connotaciones pegajosas que a veces se vuelven contra quienes las crearon. El caso es que la palabra “mena” se fue pervirtiendo, no siempre de manera espontánea.
En su demonización semántica intervino activamente lo mejor de la xenofobia local a través de sus canales habituales, hasta hacer de ella un destilado de los peores miedos grupales. Lo que había nacido para servir a la protección de unos niños y jóvenes pasó a ser el estandarte de prejuicios y estereotipos que los estigmatizan. Lo que trataba de contribuir a la acogida es ahora arma de exclusión. Estos días la mención peyorativa de los menas ha sobrevolado nuestras cabezas día y noche como un enjambre de drones dispuestos al bombardeo. Definitivamente deshumanizados, los menas son lanzados de un lado a otro en una subasta a la inversa en la que cada comunidad puja por endosárselos al resto.
Ya ni siquiera se molestan en esgrimir razones. Les basta con pronunciar la palabra apestada y dejar que las malas emociones hagan su trabajo. Han logrado que mena suene a molestia, engorro, peligro, delito y amenaza, incluso para los oídos mejor dispuestos. Llegados a este punto, uno sospecha que, antes que lograr un reparto justo, urge introducir en la conversación pública una palabra limpia que ocupe el lugar de la envilecida “mena”.