"En medio de la angustia las circunstancias convirtieron a unos cuantos grupos profesionales, entre ellos a los periodistas, en trabajadores de actividad esencial. Contar lo que ocurría parecía imprescindible"

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Jose Murugarren

Publicado el 18/03/2025 a las 05:00

Creí que el 2020, el de la pandemia, sería un año de hermosa normalidad. De los que se saludan con la última uva de Nochevieja sin imaginar que iba a ser lo que fue. Nada de primavera de excursiones, verano con Sanfermines y vacaciones en la playa. Nada de proyectos sosegados, ir al cine, al teatro, pasear, reuniones de familia y amigos o asistir a las broncas de los políticos. Bueno, a esto último sí. En realidad arreciaron los ataques, se culparon los unos a los otros y se degollaron como nunca. Todavía hoy andan en el trazo grueso de los registros de descalificación que conquistaron. Ni imaginé que la covid llegaba. No creí que nos obligaran a ser los protagonistas del secuestro colectivo que vivimos. No salir, no reunirse. Los hospitales, llenos. Los sanitarios, superados, el país en estado de alarma. El miedo gestionando la vida diaria…, las calles vacías. 

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En medio de la angustia las circunstancias convirtieron a unos cuantos grupos profesionales, entre ellos a los periodistas, en trabajadores de actividad esencial. Contar lo que ocurría parecía imprescindible. De la obligación de salir a trabajar creamos la oportunidad de mirar el entorno como un espectáculo transformado. Cinco años después merece la pena citar la emoción de respirar el aire limpio entre los árboles, la quietud en el camino hacia el trabajo que me curaba de la zozobra diaria de las noticias. La sensación de ser un bicho pequeño en la belleza de una primavera grande como nunca, sin bocinazos ni gritos ni tráfico y la única algarabía de una explosión de verde y de polen medrando entre los árboles que rompía ocasionalmente una furgoneta de Policía Municipal para pedir la acreditación que me autorizaba a estar en el centro de aquel esplendor. 

“Forzado” por la actividad esencial confieso que me detuve delante del ginkgo frente al edificio de la Universidad de Navarra, que me paré a observar los tilos desde los bancos y las hojas que el viento movía. Me sorprendió una mañana la irrupción de una garza junto al colegio mayor Belagua y fui capaz de reconocer el ulular de un autillo escondido entre los plátanos de sombra de la vereda. Confieso que en el silencio, descubrí que el río Sadar, estrecho y justo de agua, tiene rumor. La belleza de aquel camino me salvaba del horror.

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