"¿Mamá, qué tengo después de baile?, insiste la criatura. Es que si no hay nada me aburro"

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Jose Murugarren

Publicado el 11/03/2025 a las 05:00

En la puerta de la academia de baile una niña pregunta qué hará cuando salga de clase. Juraría que la mueca que tensiona un instante la mandíbula de su madre es la manifestación de un desajuste interior. En la sociedad del ocio no aburrirse es un objetivo casi religioso, el fin máximo de la condición humana. Estimular a la criatura desde pequeñita. Lunes y miércoles gimnasia rítmica o patinaje o fútbol, y martes y jueves, violín, txistu o clarinete; el sábado, con los padres a correr como guindillas los estadios deportivos de la geografía local para practicar de todo y después comida con familia o amigos y móvil para entretener las sobremesas de las criaturas. Prohibido aburrirse. En algún lado habrá que meter las clases de inglés, de chino o de las dos que tal y como van las relaciones de Trump con Xi Jinping vete a saber cuál de las dos lenguas será indispensable en el futuro. 

Los críos sufren si se aburren y eso es lo último que desea un padre o una madre. Un niño víctima del tedio es un peligro para los demás. Convierte en mantra la pregunta ¿qué hacemos, qué hacemos? Y por ahí deja expedito el camino a la migraña y al ataque de nervios de sus progenitores. Cuestión de salud mental. Un hijo que difunde que se aburre está proclamando a los cuatro vientos que como padres los suyos son un fracaso. A un progenitor contemporáneo se le exige iniciativa, capacidad organizativa, renovación de las sugerencias de curso en curso y una agenda repleta de salidas, reuniones y cumpleaños.

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-¿Mamá, qué tengo después de baile?, insiste la criatura. Es que si no hay nada me aburro.

¡Horror!, piensa mamá. “Ha conjugado el verbo aburrir en primera persona”. Y la madre que sueña con un abandono de sofá viaja a su infancia. Aburrirse era el mejor estímulo. Qué divertido dejarse estar, ver cómo pasaban los minutos e inventar en aquel tiempo que transcurría lento con una muñeca y unos trocitos de tela una existencia completa. Deberían obligar al tedio, se dice para sí, mientras la cría insiste…, “¿qué hacemos, qué hacemos?”.

- ¿Y si probamos simplemente a sentarnos, no pensar y nos dejamos mecer por el regusto de no hacer nada?

-Eso es aburrido, responde la niña.

-¿Y si para que ocurra lo sorprendente, para que se produzca lo asombroso lo mejor fuera no plantearse nada?

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