"El patriotismo, una fantasmagoría que a veces adopta formas inesperadas, encuentra en las disputas de lengua una buena oportunidad para inflamarse"

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José María Romera

Actualizado el 07/03/2025 a las 23:48

Al director de cine francés Jacques Audiard le están lloviendo los insultos por haber manifestado que el español es una lengua de pobres. Lo que dicho de ese modo suena a inadmisible aporofobia lingüística, encajado en la entrevista donde pronunció la frase resulta una sincera declaración de amor hacia nuestro idioma. Fue algo así como una alabanza de la palabra en estado puro, del modo de hablar esencial no contaminado aún por la podredumbre del desarrollo y la opulencia. Y eso no hay hispanohablante al que le pueda resultar ofensivo. 

Lo que pasa es que se nos ha quedado una piel tan fina y tenemos tan activados los resortes de la indignación que necesitamos inventar escándalos para sacar pecho y mostrar un buen estado de forma moral. El patriotismo, una fantasmagoría que a veces adopta formas inesperadas, encuentra en las disputas de lengua una buena oportunidad para inflamarse. El director del Instituto Cervantes se unía el otro día al coro de quejosos con una columna donde arremetía contra los "pijos franceses" que atacan al castellano mientras asisten imperturbables al deterioro internacional de su lengua en declive. La trifulca promete. 

Recuerdo un bonito texto de Manuel Vicent donde venía a decir algo parecido a lo que trató de expresar Audiard con menos acierto. Evocaba el maestro una estancia suya en Nueva York en la que tuvo la oportunidad de oír el castellano en boca de camareros, cajeras, limpiadoras, chóferes y friegaplatos, lo que le llevó a la conclusión de que no necesitaba hablar inglés para desenvolverse en la gran urbe porque siempre encontraría un hermano de lengua a quien abrazar. Y eso también es riqueza. Lengua de pobres no significa lengua pobre. 

El riesgo de empobrecimiento le viene al español más de sus depredadores internos, los que, mientras ponen el grito en el cielo a cada supuesta amenaza exterior, lo llenan de frases hechas, eufemismos, barbarismos, modas pasajeras y patadas a la gramática y al diccionario. Pero si buscan enemigos de fuera con quienes indignarse con razón, ahí tienen otra de Trump, que ha ordenado eliminar de la web de la Casa Blanca la versión en español, la destinada a sesenta millones de estadounidenses. Alguien tal vez dirá que para qué la quieren, si la mayoría de ellos son pobres. 

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