Hemos caído en la trampa

Publicado el 04/03/2025 a las 05:00
¿Os habéis dado cuenta que estamos enfrascados en una batalla por el uso del lenguaje? Son los tiempos donde reina el eufemismo. El peligroso eufemismo que es una palabra o expresión menos ofensiva que sustituye a otra de mal gusto que puede ofender o sugerir algo no placentero o peyorativo al oyente. Es una técnica perversa que corta de manera trasversal nuestras vidas, nuestras relaciones familiares, sociales, profesionales.
Todos utilizan la técnica e incluso la perfeccionan. De derechas o de izquierdas, todos. También todos los poderes, todo el mundo. El eufemismo, en definitiva, está conquistando nuevos territorios y en eso veo un alarmante peligro porque siempre estimula la ocultación de la verdad, la vaguedad o la manipulación por un campo semántico supuestamente más luminoso y positivo.
Me pregunto, ¿quién es el responsable de esta degeneración sistemática del idioma, de esta especie de timo narrativo? ¿Políticos, medios de comunicación, nosotros los periodistas, las empresas, los profesionales, las familias? ¡¿Quién?! Seguro que todos tenemos responsabilidad o alguna dosis de culpa. Somos cómplices pasivos y necesarios de esta trampa lingüística.
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El lenguaje siempre ha sido un arma cargada, y si se dispara en el espacio público sus efectos pueden ser francamente demoledores. Por ejemplo, el oportunismo se llama pragmatismo, la traición se llama realismo. Los pobres se llaman personas de escasos recursos. La expulsión de los niños pobres del sistema educativo se conoce bajo el nombre de deserción escolar. El derecho de la empresa a despedir al trabajador sin indemnización ni explicación alguna, se llama flexibilización del mercado laboral.
El lenguaje oficial reconoce a los derechos de las mujeres, entre los derechos de las minorías, como si la mitad masculina de la humanidad fuera la mayoría. Es toda una locura, un disparate.
Cuando los ladrones son de buena familia, no son ladrones, sino cleptómanos. El saqueo de los fondos públicos por los políticos corruptos responde al nombre de enriquecimiento ilícito. Se llaman accidentes los crímenes que cometen los automóviles. Para decir ciegos, se dice no videntes, un negro es un hombre de color. Donde dice larga y penosa enfermedad, debe leerse cáncer, párkinson o SIDA. Repentina dolencia significa infarto, nunca se dice muerte, sino desaparición física. Los muertos en batalla son bajas, y los civiles que la padecen sin comerla ni beberla, son daños colaterales. ¡Qué insensatez!
Los grandes errores del liderazgo, pensando así sólo nos engañamos a nosotros mismos, nos hacemos trampas al solitario, cuando por ejemplo pensamos que, por llamar oportunidades a los problemas, estos son menos graves, menos profundos y menos urgentes. O cuando pensamos que realizar un buen trabajo es suficiente para justificar una mala actitud o cuando pensamos que no podemos tomar soluciones drásticas pero necesarias, sin haber dado una segunda oportunidad, una tercera, una cuarta. , los retos y las dificultades.
Entonces, en las compañías, el humanismo pone en el centro a las personas, y el buenismo pone en el centro a la condescendencia. Pero claro, el verdadero humanismo no es diluir o disolver las responsabilidades de las personas, no, no. Es crear espacios de confianza compartida.
Sigamos reflexionando. El miedo, por ejemplo. El miedo global en relación a un tema tan sensible como el empleo. Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo. Los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo. Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida. Los automovilistas tienen miedo de caminar y los peatones tienen miedo de ser atropellados. La ironía es el nuevo eufemismo para una persona sinvergüenza.
La cultura del eufemismo, impulsada por directivos tóxicos que intentan imponernos su ley, nos hace confundir los términos. Las actuaciones de estas personas tóxicas son devastadoras para la convivencia en las organizaciones, en la sociedad en general. Y es nuestra obligación ponerle atajo a la toxicidad que se propaga produciendo metástasis por todos los sitios y rincones.
Sostengo que las palabras que utilizamos, la narrativa que nos envuelve en nuestro entorno, en nuestros trabajos, en nuestra sociedad, lo que nos contamos sobre quiénes somos, sobre quiénes son los demás, sobre lo que hacemos o no hacemos, y sobre qué es el mundo, tienen la capacidad de limitar o expandir nuestra percepción. El eufemismo, querido lector, es llamar a las cosas de tal forma que nos haga verlas de otro modo al que realmente son. Para hacer soportable una realidad muchas veces intolerable, incómoda o irritante.
El poder, en su más amplias facetas o espectro, ha sido siempre una manufactura constante de eufemismos, en su esfuerzo por disfrazar, camuflar u ocultar lo injustificable e inadmisible. Lo feo y podrido. Controla nuestra forma de ver las cosas, la verdad, nuestro pensamiento para así justificar y legitimar sus acciones, decisiones y sus afanes inconfesables.
La verdad, empática, amable, generosa, delicada, nos hace libres. La falta de sensibilidad hacia ella, hacia esa búsqueda de respuestas sobre la realidad de las cosas y el sentido de la propia vida, lleva consigo la deformación, el desconcierto, incluso la descomposición de la idea y de la experiencia de la libertad. ¡Me resisto a tener una vida eufemística sin verdad y sin sentido!
Roberto Cabezas Ríos, Top 1 HR Influencers in Spain 2025, Expert in Higher Education Management, Universidad de Navarra