Solo si logra sobreponerse y esboza una sonrisa o hace un comentario gracioso oirá la mágica frase de aprobación: "¡Esa es la actitud!"

Publicado el 22/02/2025 a las 05:00
Los vemos en la pantalla presentados como modelos de superación y resiliencia, ejemplos de cómo afrontar la enfermedad o la discapacidad por la vía del humor. Son simpáticos, caen bien. Hacen subir la audiencia. Y hay que reconocer que nos resultan admirables, especialmente cuando más allá de la sonrisa perpetua y el chiste incorrecto se infligen a sí mismos burlas crueles sobre sus limitaciones, tropiezos y pesares.
Poner buena cara al mal tiempo siempre ha gozado de prestigio. Lo consideramos un signo de coraje, un rasgo de inteligencia, una demostración de talla humana. En respuesta a su valentía los premiamos con sonoras carcajadas y palmadas de aprobación. Es probable que incluso gracias a su testimonio nos decidamos a contribuir a la investigación de la enfermedad una vez acabado el espectáculo. Pero si ese es el ideal de enfermo que nos gustaría tener al lado, deberíamos hacérnoslo mirar.
Porque ni todos pueden reaccionar de esa manera ante los embates del sufrimiento, ni los platós de La revuelta reflejan la realidad de los hospitales. La cultura ambiental del optimismo obligatorio trata de invalidar emociones como el miedo, la tristeza o la rabia poniendo en su lugar patrones de comportamiento basados en la negación del dolor. Todo hace pensar que hemos llegado tan lejos en la afición a los discursos motivacionales en torno al poder de la mente, la soberanía de los sueños y el cultivo de las emociones positivas, que nos hemos vuelto intolerantes a la contemplación del dolor ajeno y nos cuesta entender que a quien sufre un quebranto de salud no le suelen aliviar ni los aplausos ni las narrativas de superación tan apreciadas por la población sana y dichosa.
La figura del enfermo feliz es una construcción imaginaria creada no para ayudar al doliente, sino para forzarle a comportarse de manera que moleste lo menos posible y así ahorrarnos la incomodidad de escuchar sus lamentos. Lo queremos héroe o payaso, pero no quejoso ni afligido. Eso añade a la enfermedad una carga de presión social que aumenta el malestar del enfermo, le conduce al aislamiento y engendra en él sensaciones de culpa y de fracaso. Solo si logra sobreponerse y esboza una sonrisa o hace un comentario gracioso oirá la mágica frase de aprobación: "¡Esa es la actitud!".