"Lo raro a primera vista es que en vez de escoger para sí una biografía de triunfador -puestos a mentir, hagámoslo a lo grande- Marco optara por disfrazarse de víctima"

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José María Romera

Publicado el 15/02/2025 a las 05:00

Los premios Goya de este año han recuperado, por vía indirecta, la figura de aquel gran impostor que fue Enric Marco y que ha sido encarnado en la pantalla por ese gran actor que es Eduard Fernández. El lector conocerá el caso. Durante más de tres décadas, Marco se presentó como un superviviente de los campos de concentración nazis, y lo hizo con tal poder de convicción que llegaría a presidir la asociación de víctimas Amical Mathausen. 

Ninguno de los asociados sospechó jamás de aquel hombre de aspecto bondadoso dedicado a impartir charlas conmovedoras en institutos, recibir homenajes y pronunciar sentidos discursos en actos oficiales. Fue el celo de un historiador inquieto lo que desvelaría la triste verdad de este fabulador ávido de fama que no había dudado en inventarse una biografía de ficción para entrar en la historia por la puerta falsa. Ya que la verdad está en horas bajas y los embustes nos asedian de continuo, por qué no fabricarse un bulo a la medida, un bulo total que de puro inverosímil se hiciera creíble en todas partes, parece que se dijo nuestro hombre. 

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Lo raro a primera vista es que en vez de escoger para sí una biografía de triunfador -puestos a mentir, hagámoslo a lo grande- Marco optara por disfrazarse de víctima. En la creación de sus personajes, la mayoría de los megalómanos al uso busca retratos favorecedores. Está quien finge ser dueño de una fortuna imaginaria y quien tunea el currículum hasta parecer un superdotado, el que se atribuye una carrera artística meritoria y el amigo de ponerse medallas por logros ajenos. Pero la mente humana tiene la piadosa propiedad de proveer a su dueño de los más variados recursos para escapar del complejo de inferioridad. 

Quizá es que la percepción del éxito ha cambiado en la sociedad actual, y para el nuevo canon meritocrático mostrarse en el papel del doliente granjea no solo la compasión de los otros sino también su admiración. Hubo un tiempo lejano en el que el estatuto del héroe y el del mártir gozaban de un prestigio equivalente. Es posible que Enric Marco fuese un producto más -un producto desquiciado y algo caricaturesco, pero bastante elocuente- de una época en la que los mártires vuelven a cotizar en el mercado de la ejemplaridad. No sé. Vayan a ver ‘Marco’, en cualquier caso.

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