"El de Karla Sofía Gascón no es el primer caso de un personaje público caído en la trampa de sus excesos de confianza verbales"

Actualizado el 07/02/2025 a las 23:06
El de Karla Sofía Gascón no es el primer caso de un personaje público caído en la trampa de sus excesos de confianza verbales. Cuando más cerca estaba de la gloria artística, a la actriz le han sacado unos tuits de cinco años atrás en los que se mostraba hostil a ciertos colectivos.
Eran opiniones intempestivas, entre el improperio y el escarnio, entre la burla y el odio, lanzadas a la hoguera con el desenfado de un kamikaze.
Hoy el mercado tecnológico-recreativo nos brinda una amplia oferta de herramientas para pillarnos los dedos, esa clase de accidente que sufren a menudo los más impetuosos de nuestros adolescentes.
Lo que resulta sorprendente es que le pase también a gente que ha hecho de la exposición pública su medio de vida.
Al margen de la respuesta moralista, de la que ya se han ocupado convenientemente los canceladores de guardia, el asunto invita a una reflexión comunicativa. ¿Qué está pasando para que la proliferación de redes, foros, chats, podcasts y plataformas arrastre al batacazo a tantos usuarios hechos y derechos que se pavonean alegremente en esos patios digitales sin tomar la menor precaución?
Pues pasa que no son medios creados para transmitir información y favorecer el acercamiento, sino para avivar el narcisismo. Deslumbrado por su brillo, el emisor ingresa en ellos con una falsa sensación de control, convencido de tener barra libre para el ego, y suelta lo primero que se le ocurre sin pensar en las consecuencias.
No entiende que manejar el teclado con destreza y tener un alto concepto de uno mismo no dispensa de tener en cuenta ciertas reglas de etiqueta. Las facilidades que ofrece la tecnología para avivar la sobreexposición pública a la ligera son proporcionales a la complejidad de sus códigos, especialmente cuando el mensaje circula en ambientes propicios al malentendido y la gresca.
Necesitamos más alfabetización digital y menos imprudencia. Y es ingenuo esperar que los errores vayan a quedar reparados con el recurso al victimismo, como ha pretendido la actriz viendo que se le escapan a la vez el Goya, el Oscar y la reputación. Ni las redes olvidan, ni se puede saltar al ring a boxear y luego pedir que no te peguen porque llevas gafas.