"Quizá lo que necesite ahora el asunto de Los Caídos sea una perspectiva irónica que lo saque de su ensimismamiento. Un sombrero verde, por así decirlo"

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José María Romera

Actualizado el 17/01/2025 a las 23:55

¿Se podrá bromear con la cuestión de Los Caídos? No parece probable. La cosa ha alcanzado un nivel tal de solemnidad retórica que cualquier chiste al respecto se recibiría como una provocación o una herejía. Los tiempos, ya se sabe, van en otra dirección. 

Banalizamos lo serio y nos ponemos pomposos con lo irrelevante. Pero no siempre la gravedad es el mejor camino hacia la solución de los problemas, y menos si permanecen atascados. 

Quizá lo que necesite ahora el asunto de Los Caídos sea una perspectiva irónica que lo saque de su ensimismamiento. Un sombrero verde, por así decirlo. Es posible que una mirada lateral desenfadada nos revelara ángulos inéditos del monumento, matices no explorados, puntos de luz inspiradores. 

O que, por el contrario, nos confirmara la terrible sospecha de que el edificio no vale un pimiento. Que pasó su hora, que no ha superado el test de la memoria y ya estamos tardando en retirarlo de la vía pública. 

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Esa ironía es la que uno cree entrever en el concurso de ideas anunciado hace unos meses por el Ayuntamiento, una de cuyas condiciones técnicas obliga a ocultar la cúpula del monumento. Siempre que alguien habla de envolver edificios con historia nos vienen a la mente las formidables instalaciones de Christo y Jeanne-Claude, pero a escala local tenemos otro ejemplo más cercano. 

Fue en el verano de 1985 cuando el artista gerundense Lluís Vilà Vendrell recubrió con acelgas y lechugas las dos estatuas que flanquean la entrada del Ayuntamiento. Se trataba no solo de tapar las figuras, sino de observar cómo su envoltorio vegetal, protegido a su vez por una capa de plástico trasparente, iba adquiriendo distintas tonalidades a lo largo del proceso de putrefacción. 

Hubo división de opiniones y la cosa habría acabado regular si no fuera porque el grupo cómico La Cubana retiró las inmundicias en medio de un divertido espectáculo de calle.

 Los toldos gigantescos de Christo y las hojas de verdura de Vilà tenían un propósito similar: poner a prueba el comportamiento de los bienes recubiertos y, a la vez, la mirada del público sobre ellos. Si finalmente someten a Los Caídos a ese cambio de piel, a esa especie de cocinado 'sous vide', sabremos si nuestro armatoste da o no la talla y si merece la piqueta o el indulto. O la resignificación, sea eso lo que sea.

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