La estupidez artificial

Publicado el 16/01/2025 a las 05:00
En los días de Navidad y fin de año, me bombardearon con ofertas de nuevos teléfonos móviles, nuevas tablets, nuevos portátiles, teles de 1.000 pulgadas ultramodernas, frigoríficos con cámaras integradas que sólo les falta hablar, robots aspiradores autónomos, planchas parlanchinas y coches que hacen masajes hasta en el lóbulo de la oreja derecha. ¡Una locura! Dispositivos inteligentes, les dicen.
Jonathan Haidt, psicólogo social estadounidense y profesor de Liderazgo Ético en la Universidad de Nueva York, afirma que entre 2010 y 2012 se produjo un cambio decisivo en nuestra cultura, con la explosión de las redes sociales que afecta principalmente a los jóvenes de la generación “Z”, que ya están en las aulas universitarias y dando sus primeros pasos en el mundo laboral. Haidt relaciona esa explosión con la otra explosión: la de los trastornos de salud mental que está afectando con mucha frecuencia a estos chavales con episodios de ansiedad, depresión, suicidios, etc. Y, además, Haidt, dice que la capacidad académica está disminuyendo considerablemente con la masiva irrupción de las redes sociales.
¿Podemos considerar alarmistas las afirmaciones de Haidt o su diagnóstico es correcto? Y si lo fuera, ¿qué estamos haciendo para enfrentar una realidad que estaría afectando a nuestros hijos, alumnos, jóvenes profesionales o nosotros mismos? Leí que Martín Heidegger, en su conferencia titulada “Serenidad”, dijo que la técnica debía ser pensada. Es tan importante su impacto en nuestras vidas, que no pensar sobre ella es francamente una irresponsabilidad. Tarea para la filosofía, la psicología, la antropología, la sociología y todas las disciplinas humanistas: pensar este nuevo mundo y sus bifurcaciones. Parece que la tecnología va más rápido que el pensamiento humano y es cada vez más difícil ponerle límites, márgenes éticos, etc.
Lo que veo claro es que la tecnología no es neutra, como se suele creer, y no se trata de demonizarla, sino de proponer dudas, debatirlas y plantear problemas y soluciones. Porque la tecnología puede ser una estupenda herramienta para la innovación en la educación y la comunicación humana, pero también puede convertirse en un factor de enajenación, todo depende del uso, objetivos y sentido que le demos. Pero veo que poca gente está pensando en serio en este tema, y corremos el riesgo de ser testigos pasivos de estos fenómenos que debieran despertar todas nuestras alarmas. Al parecer tenemos una bomba digital que puede estallarnos en la cara y, quizás, ya está produciendo una devastación intelectual de incalculables efectos. ¿Qué hacer? Es hora de pensar la tecnología y no que ella nos piense a nosotros.
Los dispositivos digitales no tienen consciencia del cambio, las personas, sí. Las máquinas ejecutan, funcionan, operan, mientras los seres humanos trabajamos. Claro, trabajar supone tener la consciencia de trabajar, y es la consciencia lo que marca la distinción. El cambio no es la tecnología que, por muy sofisticada que sea, no deja de ser un instrumento moderno, evolucionado o muy avanzado. Pero un artefacto, un mecanismo. El cambio real está en el valor y en el impacto que genera o produce en las personas. Esas transformaciones en las formas de vivir, de trabajar, de relacionarnos, de consumir. Y este proceso requiere volver a armonizar nuestra vida, volver a equilibrar nuestra sociedad. Y todo cambio no solo cuesta, sino también es doloroso.
El potencial de los avances tecnológicos es enorme, asombroso, impensable, la verdad. Lo presuponemos, pero no lo podemos imaginar. Es un maremoto de posibles soluciones en todo orden de cosas. Pero cuidado con perder el norte, el foco. Los protagonistas somos las personas no los dispositivos. La pregunta, y respuesta, está en los porqués. No estoy promoviendo una involución, sino todo lo contrario, porque no se puede negar el impacto que los avances que la inteligencia artificial, de la robótica, de la bioingeniería o de otras tecnologías están produciendo en nuestras vidas, en nuestros trabajos, en nuestras formas de relacionarnos, en nuestra vida familiar, en nuestra existencia global. La clave está en entender el fondo de estos nuevos paradigmas poniendo a la persona en el centro. Solo así no nos perderemos en el bosque.
Hay muchas empresas que no se quieren quedar atrás en el AVE de estos nuevos tiempos, e impulsan procesos de transformaciones digitales. Hacen lo correcto, van por el camino adecuado, porque el mundo ha dejado de ser analógico.
Las empresas deben entender que lo fundamental en los procesos de transformación digital no es lo digital, sino los procesos de transformación de personas, realizados por personas y para personas. La transformación digital va de personas, y punto. Este cambio en las empresas tendrá éxito si es un cambio personal. Esta transformación será real y tendrá valor si se propaga entre las personas, profesionales y clientes. Metabolización personal y compartida de manera generosa. Este es el proceso de inteligencia colectiva, no artificial. La tecnología es el teatro del mundo, de nuestro mundo. Pero los actores son las personas. Los empresarios y directivos que no entiendan esto se perderán en el camino y sólo alimentarán la frustración, el desencanto y el naufragio de sus proyectos empresariales y profesionales.
Roberto Cabezas Ríos, Top 1 HR Influencers in Spain 2024, Expert in Higher Education Management, Universidad de Navarra.