"Cuando el mundo pierda toda magia, la noche de Reyes seguirá ofreciendo su espacio de resistencia"

Publicado el 04/01/2025 a las 05:00
Hoy llaman magia a todo, pero hubo un tiempo en que lo mágico era un bien escaso que solo se dignaba aparecer en ocasiones señaladas. La principal de todas ellas era la noche de los Reyes Magos, cuando se hacía realidad el sueño de recibir regalos por parte de unos extraños seres llegados de Oriente.
No importa de qué materia psicológica estuviera fabricado aquel dulce embuste. El caso es que funcionaba, y lo hacía de una manera rigurosa, consistente, sin fisuras. El misterio no tenía más explicación que la que ellos mismos daban en el viejo poema de Chesterton: "Aprendimos de jóvenes / a resolver oscuros acertijos / y los tres conocemos /la antigua tradición del laberinto. / Somos los Reyes Magos / y excepto la verdad sabemos todo".
Más misterioso es que esa magia sobreviva a todos los asedios a los que viene siendo sometida por los innumerables aprendices de brujo que ensayan sus trucos de prestidigitación en los límites de la verdad.
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Puede que sea porque a estas alturas del progreso todos consentimos ser engañados en algo, bien por unos magos que dejan juguetes en la oscuridad del pasillo, bien por unos desarrolladores de Inteligencia Artificial que crean sistemas avanzados sin prever sus consecuencias éticas, laborales o sociales, o por unos traficantes de criptomonedas con las que se financia la compraventa de drones preparados para estallar sobre los tejados de Gaza, o por unos líderes que cabalgan a lomos de la manipulación y las desigualdades.
Nunca la irrealidad ha ocupado tanto espacio en nuestras vidas, condenadas a discurrir al borde del delirio. Si en esta carrera de renuncias uno consiente en cerrar los ojos ante el cambio climático o el avance de las tiranías, ¿con qué mayor motivo no va a ilusionarse con el engaño indoloro de una noche prodigiosa que acaba con un regalo en las manos limpias del niño? Cuando el mundo pierda toda magia, la noche de Reyes seguirá ofreciendo su espacio de resistencia. Dado que la historia nos ha puesto en la alternativa entre la realidad y la imaginación, con clara ventaja de esta, que al menos nuestras fabulaciones sean gozosas como la barba de Melchor, elegantes como el atuendo de Gaspar y risueñas como el rostro de Baltasar.