"Si las inocentadas languidecen es porque ya no son el fruto extraordinario de un día del año. Ahora esa vulneración se produce sin tregua ni reposo"

Actualizado el 27/12/2024 a las 22:59
Días pasados corrió con éxito por las redes un videomontaje en el que aparecían sucesivamente varias parejas de personajes políticos que se profesan entre sí un declarada tirria. La escena era la misma en todos los casos: ataviados con jerséis navideños y con el fondo de un árbol plagado de luces y estrellas, primero cruzaban una mirada afectuosa, luego se sonreían y finalmente se fundían en un tierno y prolongado abrazo.
Un abrazo que bien podría entenderse como invitación a la paz en tiempos de discordia si no fuera porque a esos individuos no los reconcilia ni Frank Capra harto de almíbar. Era, claro, una inocentada de última generación, propiciada por uno de los fenómenos culturales del año: el acceso popular a la Inteligencia Artificial.
Los autores del embuste no esperaron al 28 de diciembre, quizá debido a que la fecha ha perdido el sentido burlón de antaño. Es improbable que un día como el de hoy el lector de periódicos pueda encontrar el menor rastro de las bromas clásicas, pero no porque la prensa se haya vuelto más aburrida, sino porque el disparate, la enormidad y la trola son mercancía de uso común.
Las bromas del Día de los Inocentes su sustentaban en la idea de que el bromeado mantenía intacta la capacidad de asombro. Los lectores abrían el periódico conscientes de que escondía una patraña que más bien era un desafío y que, una vez descubierta, le hacía sentirse más despierto e inteligente que los demás.
Aparece derribado un monumento histórico. La ciencia halla el remedio de un enfermedad incurable. El club de fútbol local ficha al Balón de Oro. Una nave extraterrestre se posa en la plaza principal. Pero eran otros tiempos.
Si las inocentadas languidecen es porque ya no son el fruto extraordinario de un día del año en el que se declara el derecho a la mentira, y la verdad es vulnerada con fines festivos. Ahora esa vulneración se produce sin tregua ni reposo, sobre todo a manos de políticos que toman al ciudadano por imbécil.
La incredulidad ha hecho de nosotros unos consumidores de información escépticos, por no decir cínicos. Hoy la verdad es un bien tan vapuleado que ha perdido su autoridad igual que el lector ha perdido su inocencia. Lo más triste de todo es que también está a un paso de perder su humor.