"Andamos por ahí como si abandonar basuras a los pies del contenedor no fuera una anomalía de normalidad y de quien hace de su espera a la villavesa un voluntariado decimos que no rige"

Actualizado el 16/12/2024 a las 23:39
Una mujer recoge basuritas en la acera junto a la marquesina de la línea 4 de la villavesa en una parada de Echavacoiz Norte. Es una persona mayor, que se ayuda con dos palos para caminar que son los mismos que utiliza para atrapar papeles del suelo, paquetes de tabaco vacíos y otros residuos que alguien antes desechó.
Los levanta entre los dos palos y los acerca a un contenedor cercano. ¿Por qué recoge papeles?, le pregunta una mujer que espera a la villavesa. “Hay que ayudar a los empleados de la Mancomunidad”, responde la espontánea limpiadora sin que la conversación interrumpa su trajín de localizar, atrapar y trasladar residuos.
“Pobre”, lamenta una chica y un hombre que parece conocerla la mira y asiente con rostro acogedor. “Carmela no está bien”. ¿No está bien?, me digo mientras pienso en el loco que hace unos días disparó a dos niños en una escuela de Estados Unidos y después se suicidó.
Los psiquiatras dijeron que no estaba bien pero ese trastorno nada tiene que ver con este desarreglo de pulsión solidaria de esta señora. A Carmela, si así se llama, debería hacerle un reconocimiento la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona.
Andamos por ahí como si abandonar basuras a los pies del contenedor no fuera una anomalía de normalidad y de quien hace de su espera a la villavesa un voluntariado decimos que no rige. Algo no funciona.
¿Por qué afirma usted que no está bien?, le pregunto directo al hombre que hizo el comentario. “Murió su marido hace unos meses y no ha encajado el golpe. Recoger basura es su forma de hacer el duelo”.
-¿Es usted psicólogo?, pregunto, por indagar la solvencia del diagnóstico.
-Soy informático.
-¿Y con qué autoridad evalúa a esta mujer?
-Con la cercanía que me da ser su hijo.
¡Que llegue por dios la villavesa cuanto antes!, me digo entonces avergonzado.
Sonrío bobamente. No da tiempo ni a pedir disculpas. Llega el autobús. La señora sigue recogiendo papeles. El hijo la toma del brazo, la ayuda a subir y a mí que trato de llevarme bien con la realidad recibo una bofetada de normalidad.
Simulo que la 4 que se ha detenido no es la que yo espero. “Suban, suban, que cojo la 7. Hoy me voy a la Txantrea a curarme de normalidad” me digo y despido desde la acera a los viajeros con la mano.