"En realidad, poca gente lee libros en general. Y, ya puestos a caer por el abismo de de la melancolía, admitamos que la mayoría no lee nada de nada"

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José María Romera

Publicado el 14/12/2024 a las 05:00

Por estos días el instituto Félix Urabayen celebra sus veinticinco años de vida con tal nombre. Antes se le había conocido con los acrónimos Inabad -Instituto Navarro de Bachillerato a distancia-, primero, y, más tarde, Iesnapa -Instituto de Enseñanza Secundaria de Navarra para personas adultas-, un conglomerado de letras más propio de una panificadora que de un centro educativo. 

La adopción del nombre del escritor no respondió, sin embargo, solo a motivos cosméticos. Reflejaba el deseo del claustro de reconocer la labor ejercida en su tiempo por una figura intelectual que aunó la creación literaria con el ejercicio de la docencia, y que volcó gran parte de sus esfuerzos en la instrucción de los mayores y de los menos favorecidos. 

Desde los primeros pasos de su carrera como maestro rural en Urzainqui hasta su etapa de director de la Escuela de Magisterio en Toledo, desde la militancia republicana a la sombra de su amigo Manuel Azaña hasta las colaboraciones en destacados periódicos de la época, Urabayen se condujo con la inquietud vigilante del humanista que cree en el poder emancipador del conocimiento y se aplica a transmitirlo con pasión. 

Esa pulsión pedagógica recorre asimismo sus novelas, tanto las del ciclo Navarro (’El barrio maldito’, ‘Centauros del Pirineo’) como las del toledano (’Toledo: Piedad’, ‘Toledo la despojada’, ‘Don Amor volvió a Toledo’) o las ambientadas en Extremadura (’La última cigüeña’) y Madrid (’Tras de trotera, santera’). 

Urabayen fue un prosista elegante que supo combinar la crítica social con el lirismo, la descripción realista con el simbolismo poético, la pintura de paisajes con con el retrato vivo de tipos humanos inolvidables. «Nulla aetas ad discendum sera», reza el lema del instituto: nunca es tarde para aprender. 

Quizá tampoco lo sea para volver la vista al principal novelista navarro de la primera mitad del siglo pasado. Pero, ay, es difícil alguien lea a Félix Urabayen porque nadie lee hoy a los clásicos. En realidad, poca gente lee libros en general. Y, ya puestos a caer por el abismo de de la melancolía, admitamos que la mayoría no lee nada de nada. A Urabayen le habría disgustado comprobarlo.

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