El más acá

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Juan Gómez-Jurado

Publicado el 08/12/2024 a las 05:00

No habían pasado apenas cinco horas de su muerte, de su paseo hacia el sueño, cuando empezó a aparecérsenos el fantasma de nuestro perro. No fue, ya les advertimos, nada espectacular. No había brumas ni nos hablaba desde la nubes en plan Mufasa. Fue, más bien, como los fantasmas de Macondo, desde el rincón del sofá donde habitualmente solía estar. Como si siguiera estando, como habría estado esa noche si no fuera porque estaba ya muerto. La única diferencia entre ese momento y cualquier anochecer de cualquier día de los pasados diez años junto a él es que ahora, además de bostezar, roncar y tirarse pedos silenciosos (de esos sólo soportables por ser familia) esa noche nuestro perro nos habló.

Tampoco fue algo impresionante lo que dijo. Acabábamos de terminar el enésimo capítulo de una de esas series que ves sólo por anestesiar el cerebro, lo necesitábamos después de la pena de haber perdido a nuestro perro. Esperábamos los diez segundos que tarda en saltar el siguiente episodio, como quien se toma otra Dormidina previendo que la noche va a ser movida, cuando nuestro perro, o sea, el fantasma de nuestro perro, dijo:

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-Yo no sé por qué estamos viendo esta tontuna.

Ya ven, uno espera que, del más allá, un perro que adquiere milagrosamente el poder de hablar traiga, al menos, algo profundo que decir. Un mensaje de un abuelo, o de Dios, o de algún santo, o, yo qué sé, de Tolkien. Pero nuestro perro era un perro tonto en vida. Uno de esos perros que sacan de quicio a cualquiera que no sea su dueño.

Nuestro perro fantasma, como hacía cuando no era fantasma, se volvió a quedar dormido en cuanto empezó el capítulo, dejándonos solos ante la serie, no volvió a decir nada. Ronquidos y una baba que ahora, por su cosa ectoplasmática, ya no dejaba el sofá como recién llovido. Cuando por fin la Dormidina hizo lo suyo, a pesar del dolor de la pérdida, nuestro perro fantasma nos miró con su cara tonta y entendimos que la muerte no cambia los afectos ni las obligaciones, así que, a pesar del sueño, nos abrigamos bien y bajamos a que oliese su farola favorita. 

Hay una familia que eliges y una que no. Eso es un clásico y una verdad. Hay una familia que nada tiene que ver con el registro civil y que, sin embargo, se te cae encima sin pedirlo. Compañeros de oficina, vecinos de tren con los que entablas charla, panaderas, novios temporales de una prima con los que te encariñas, la panda de amigos de un amigo con la que estuviste durante esas fiestas del pueblo, la rara del bar que resultó ser encantadora cuando, tras años, un día te habló y, por supuesto, los perros fantasma. Descansa a nuestro lado desde el otro lado, Sam.

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