"El resumen de la semana política lo ofreció Pep Guardiola, que compareció en una rueda de prensa como si un gato escaldado le hubiese trepado hasta la calva"

Publicado el 01/12/2024 a las 05:00
Digamos que el resumen de la semana política lo ofreció Pep Guardiola, que compareció en una rueda de prensa como si un gato escaldado le hubiese trepado hasta la calva. El fútbol resulta una metáfora más emocional que racional del estado de la cosa pública, pero así estamos, tratando de surfear una ola de emociones encontradas. Suelo rodearme de personas más ecuánimes que yo. Ahora confiesan que cuando ven a Sánchez en la televisión se hacen un Guardiola. Me muerdo la lengua para no decir “Te lo dije”, esa frasecita tan irritante. El gato de Schrödinger, un experimento mental que trataba de ilustrar la paradoja de la mecánica cuántica, estaba simultáneamente vivo y muerto, pero esta aporía subatómica resulta más inteligible que la cosa pública española. Fíjense en el Real Madrid de mis dolores. Fichó a Mbappé como el nuevo tiburón del área y nos dieron una tortuga ansiosa y el equipo es un menisco roto. Al Madrid no le hace falta un manual de resistencia, porque ha cantado Resistiré con los coros y danzas de quince Copas de Europa, pero esta vez parece que al terminator blanco se le ha acabado el litio. O eso parece. El Gobierno tiene rotos los ligamentos cruzados, pero el líder asegura que su reino durará muchos años, como el Imperio Romano, como el Real Madrid, como un autócrata. Ya lo advirtió hace dos meses en el Comité Federal del PSOE: “Vamos a avanzar con determinación en esa agenda con o sin el concurso del poder legislativo.” Pruebe a decir la frase en voz alta y con acento caribeño. En efecto: es Nicolás Maduro. La unidad B que tiene el Gobierno en el banquillo no juega al fútbol si no es con las cartas marcadas a lo Negreira. A tenor de Aldama, cantante de arias corruptas, el equipo parece el reparto de una secuela de Torrente. No seré yo quien dé por perdido el partido de Sánchez porque es capaz de ganar una semifinal en el tiempo de descuento rompiendo meniscos y tobillos, si hiciera falta. Siempre que el árbitro sea tan sordomudo como como sus muchos palmeros.