"Han encendido las luces navideñas y de pronto el centro de la ciudad se ha vuelto una especie de Las Vegas de los buenos sentimientos y las tradiciones a tope"

Publicado el 30/11/2024 a las 05:00
Han encendido las luces navideñas y de pronto el centro de la ciudad se ha vuelto una especie de Las Vegas de los buenos sentimientos y las tradiciones a tope. Entre ellas, una tradición crítica que se bifurca en dos direcciones: la de la anticipación exagerada y la del despilfarro. Hoy es imposible concebir la Navidad sin el sonsonete huraño de quienes se quejan del gasto y de las prisas, un elemento del retablo festivo tan arraigado como el mazapán, los villancicos o el belén. Y apenas escrito esto, uno cae en la cuenta de que todo cambia y también este trío de signos inmutables camina hacia la extinción. Aunque nos aferramos a la creencia de que las navidades constituyen un modelo puro de transmisión cultural, lo cierto es que ni siquiera ellas han podido escapar del vértigo de los tiempos. Por decirlo con un verbo de moda, se han ido reinventando, o, si lo prefieren, resignificando. Todo empezó con Dickens, el verdadero creador de eso que hemos dado en llamar el ‘espíritu navideño’. Ya saben, portarse bien con todo el mundo, hacer feliz a la gente, cenar en familia al calor de la chimenea. Mezclado con el origen cristiano, ese surtido de buenas intenciones sostuvo durante mucho tiempo nuestra idea de la Navidad hasta que vino la Coca-Cola a imponer sus iconos y convertirla en un hecho comercial de primera magnitud. Si Dickens inventó la Navidad de los sentimientos, Coca-Cola fundó la de las mercancías, que a partir de entonces no hizo más que crecer y globalizarse. Y ahí estábamos, en plena euforia del consumo, hasta que sin darnos cuenta el tecnoliberalismo ha provocado el tercer salto histórico de la narrativa navideña. Ahora estamos en la Navidad del entretenimiento digital dirigido por las plataformas de streaming, la que circula por las redes sociales y los videojuegos interactivos. En la prenavidad convertida en espectáculo, las municipalidades rivalizan en ser la que instala el árbol luminoso de más altura y el mayor número de luces led. El objetivo es alcanzar la gloria navideña, que en la era Netflix consiste en que los instagramers vengan a la ciudad a hacerse sus stories bajo el manto entrañable de las luces de colores. Para que no queden dudas, el rito del encendido tiene lugar la víspera del ‘Black Friday’. Por luces que no quede.