"A la hora de volver, el coche no arrancaba. El agua cubrió la ventana de la casa. Solo se salvaría el pañuelo rojo"

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Chapu Apaolaza

Publicado el 27/11/2024 a las 05:00

Se viene el invierno en este calor y este sudor pegajoso de paladas de barro y vaho de mascarilla en el resuello de un garaje de Paiporta. Hemos pasado del veranillo de San Miguel al árbol de Navidad y los turrones en los lineales de los supermercados. De Valencia viene uno con los pies húmedos y las yemas de los dedos arrugadas en la miasma de los charcos. Hay moho en los cimientos y en los buzones en los que nadie deja cartas porque el agua se llevó la moto del cartero, si no al cartero mismo. 

Teníamos la riada, y ahora se viene el invierno que en Valencia llega un día entre las cuatro y las cinco de la tarde, a la hora en la que salen del colegio niños que miran por las ventanas y temen más a las nubes del cielo que a los monstruos del armario. De entre el barro de una de las casas de la Ribera del Barranco del Poyo en Paiporta en el límite con Picaña, que es el Hades, se ha aparecido un pañuelo rojo que alguien limpió someramente y colgó en un clavo en la pared, rescatado, victorioso. 

Es un pañuelo sanferminero que se puede ver desde la calle a través de una ventana que no existe y capta la atención de los ojos entre la gama de marrones oscuros y claros a la que ya se ha acostumbrado la vista. Como una amapola en el país en el que no hay flores. Como el abrigo rojo de la niña de Schindler, el pañuelo de la niña Giulia, que aún no ha nacido. Sus padres acudieron a Pamplona al chupinazo y pasaron por San Lorenzo a confesarle a San Fermín el secreto que entre ellos guardaban desde hace unos días. Iban a ser padres de un niño que terminó siendo niña y le pidieron que el embarazo llegara a buen puerto. A cambio, si todo iba bien, volverían el año que viene a presentarle a la criatura. El 29 de octubre, cuando el barranco comenzó a rugir en Paiporta, el padre estaba de viaje y la madre, en una prueba prenatal en Valencia. Todo eran fotos a la pantalla del ecógrafo. A la hora de volver, el coche no arrancaba. El agua cubrió la ventana de la casa. Solo se salvaría el pañuelo rojo.

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