Vamos a hablar de pornografía

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Francisco Errasti

Publicado el 19/11/2024 a las 05:00

Con este título contundente y de inquietantes resonancias, el Ministerio de Igualdad ha lanzado una campaña en los medios de comunicación para prevenir el acceso precoz de menores y adolescentes a la pornografía. No es para menos y el tema lo merece. 

Durante decenios la educación que se recibía respecto del sexo en nuestro país se reducía a la nada y tenía su fundamento en el temor explícito a tratar de un tema tabú y el deseo por parte de los propios educadores y los padres de mantener en la ignorancia a la juventud. La información que recibían procedía de los amigos, en su mayoría, y de los ámbitos en los que se burlaba la censura.

Hoy el panorama se contempla desde el extremo opuesto del péndulo. Toda una generación de jóvenes y adolescentes está creciendo con la pornografía al alcance de un clic. Con frecuencia, y sin buscarlo, se encuentran contenidos de pornografía en edades muy tempranas, que son las más vulnerables. 

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De ese modo comienza la configuración de una visión del sexo y de las relaciones sentimentales poco deseable, que es la causa de no pocos trastornos en edades que causan daños difícilmente reparables. Es el efecto de una auténtica epidemia digital de efectos demoledores.

Según un informe de Save de Children, el acceso a la pornografía de los menores comienza a los 10 años en algunos casos y es muy frecuente antes de los 13 años. Hablamos de contenidos sexualmente explícitos. Por añadidura, esos contenidos se exhiben con niveles crecientes de agresividad donde prima el machismo y la violencia. 

La distribución de estos contenidos es masiva por medio de canales a los que tienen fácil acceso los menores: chats de mensajería, redes sociales y búsquedas sencillas en internet. Su éxito -maldita palabra, por lo que tiene de pernicioso- radica en que el sexo siempre promete experiencias nuevas impulsando a un consumo compulsivo. La intensidad de los contenidos pornográficos se incrementa en la medida en que se busca de modo activo a través de películas o series de televisión.

Las consecuencias emocionales y psicológicas en el desarrollo de los menores van más allá de las estrictamente sexuales, causando sentimientos de culpabilidad y ansiedad, además de producir una verdadera distorsión en las relaciones afectivas y sexuales. Todo ello provoca una gran confusión y malestar en los adolescentes que viven una frecuente excitación ante imágenes que consideran ética y moralmente malas y que fomenta en ellos, al mismo tiempo, comportamientos violentos y vejatorios en su deseo sexual. Los expertos afirman que el consumo frecuente de pornografía puede afectar a una conducta sexual basada en el respeto mutuo. Además, consideran que el impacto de la pornografía no es el mismo entre niños que entre niñas, aunque afecte de modo negativo a todos ellos.

Mientras los niños visualizan contenidos diseñados para ellos y que satisfacen necesidades instintivas, las niñas se introducen en la pornografía para “aprender” qué se espera de ellas. No pocos chicos concluyen con sentimientos de inferioridad porque creen que no son capaces de reproducir lo que observan en la pantalla y no es infrecuente que las niñas lo asocien con una percepción negativa de su propio cuerpo.

El comportamiento de los chicos va en la línea de imitar lo que ven en la pantalla: maltrato a la mujer unido a la violencia y las chicas pueden llegar a pensar que es normal que su chico la maltrate. Nada de esto tiene que ver con el amor y el compromiso -la auténtica y verdadera relación de la pareja- sino más bien con la distorsión profunda de estos valores que causa la pornografía. El daño que provoca en los adultos adictos a la pornografía -los hay y no son pocos- es igualmente devastador y la disfunción sexual no es la menor de ellas. Es una de las frecuentes causas de ruptura de matrimonios.

Nos encontramos con un verdadero campo de minas ante el que la más mínima sensibilidad reclama una acción coordinada en el ámbito educativo. Pero cuando se trata de decidir quién debe impartir esta educación se cuestiona el papel de los colegios porque son muchos los que entienden que la educación afectivo sexual debe reservarse al ámbito familiar. El informe Save de Children lamenta que la educación se haya limitado “exclusivamente a nociones anatómicas y de prevención de enfermedades de transmisión sexual y embarazos no deseados”.

Es obvio que debe haber algo más, que tenga una orientación profunda y positiva. Pero también deben adoptarse medidas políticas porque, en la medida en que la hipersexualización en la que vivimos perjudica el equilibrio emocional y la salud mental de tantos jóvenes, se necesitan normas regulatorias similares a las que se han tomado, por ejemplo, con el tabaco.

Existen intereses económicos de gran calibre -como sucede con la droga, y el sexo se le equipara- que al amparo de una dudosa libertad defienden sucios negocios que enfangan la mente de los adolescentes en una edad en la que se desarrolla su personalidad, causando un daño, en ocasiones irreparable, a toda la sociedad. El blanqueamiento de determinadas conductas sexuales que pretenden algunos desaprensivos -por ejemplo, lo desean con la pedofilia - es algo que la sociedad entera debe rechazar e impedir con todos los medios a su alcance.

Francisco Errasti. Economista

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