"Errejón solo ha defraudado a los que no lo estaban todavía"

Actualizado el 03/11/2024 a las 23:12
No me gusta hacer leña del árbol caído, ha dicho alguien, tras el aluvión de artículos y declaraciones sobre el asunto Errejón. Es así, pero la tentación es grande y uno es débil. Gran parte de estos artículos, por lo demás, se sienten defraudados por alguien al que se tiene por un impostor, por hacer lo contrario de lo que predica, por tener una cara oculta, una doble vida. Una impostura que temen contamine, como un virus, a una izquierda que se desmorona. Una izquierda que no hace lo que dice. Para mí lo peor de Errejón es su carta de despedida: es la de alguien que, en vez de asumir la responsabilidad de sus actos, se refugia en abstracciones para justificarse. Alguien que como responsable público renuncia a su albedrío. Eso sí que son lodos que vienen de los viejos barros e ideas de la izquierda, para quien la culpa de lo que ocurre es siempre de algún ente ajeno: el capitalismo, el patriarcado, el neoliberalismo.
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El duro mundo. Todo, antes que uno mismo. La culpa es de la sociedad, el individuo queda a su merced, no es dueño de sí, queda infantilizado. Un adulto, sin embargo, con todos los matices que se quiera, con todas las determinaciones y límites, es alguien capaz de hacerse cargo de sí mismo y de las consecuencias de sus actos, que no se hurta y busca excusas. En esto consiste la mayoría de edad y sólo desde esta dignidad de reconocernos autónomos puede funcionar una democracia que nos permite -y reta- a tomar decisiones y elegir nuestro modo de vida.
En realidad Errejón solo ha defraudado a los que no lo estaban todavía: a todos aquellos que le oyeron decir, impertérrito, que las colas en Venezuela eran producto del aumento de la capacidad de consumo, o que no hubo un fraude allí en las últimas elecciones. Decía estas cosas y otras sin pudor, manejaba los bellos discursos como un tahúr la baraja, y por todo ello sí que podíamos pedirle cuentas. Lo demás es el juego de la alta política, el brillo y la caída, la estrella que se apaga, a veces a causa de alguien cercano que decide sacar los trapos sucios.