"Se diría que necesitamos ver todo bajo la lupa moral para tener una identidad propia, un propósito, un sentido en la vida"

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José María Romera

Actualizado el 25/10/2024 a las 23:43

Se equivocan quienes lamentan la pérdida de sentido moral de nuestra cultura. Es al revés. Nos estamos cargando de moralidad. No hay día que pase sin un nuevo desafío para el yo moral, ese grillo que llevamos dentro preparado para estridular ante cualquier falso dilema que se presente. 

No, no estoy pensando en el caso del cerebrito mudado en monstruito, tan manifiesto que no merece comentario. Hablo de otras moralidades de menor escala que parecen haber venido a ocupar el espacio liberado por los valores tradicionales en fuga. 

Conforme normalizamos cosas que antes causaban escándalo o mandaban directamente al infractor a los infiernos, nos rasgamos las vestiduras por pecados modernos como el de depositar las bolsas de basura fuera del contenedor -un delito tan grave que hasta ya tiene un nombre, más abominable todavía: bolseo-, alojarse en un piso turístico, dejar que suene el móvil en el cine, echar chorizo a la paella o quitar la tilde al adverbio solo. Es agotador. 

Se diría que necesitamos ver todo bajo la lupa moral para tener una identidad propia, un propósito, un sentido en la vida. Esta madrugada retrasamos una hora los relojes y ya hay quienes también le han encontrado a eso el lado indecente o el virtuoso, según bandos. 

Lo sencillo sería acomodarse al cambio y tirar adelante sin darle más importancia, o a lo sumo discutir la medida en términos de biorritmos, de productividad, de calidad de vida, una discusión técnica por así decirlo, sin buenos ni malos. Pero entonces perdería la gracia que tiene jugar en el campo de batalla ético, donde se cumple la ley de Preservación de la Moralización formulada por Steven Pinker: a medida que se desalojan del espacio moralizado viejas conductas, se añaden otras nuevas que vienen a ocuparlo. 

El caso es tener bien cubiertas las ansias de juzgar y condenar, de afirmarse y de enfrentarse. Que suceda en torno al problema de la vivienda, el cambio climático, la guerra de Gaza, el coche eléctrico, el retraso de hora o a cuenta de la tortilla de patatas con o sin cebolla viene a ser lo de menos porque, en última instancia, la línea que separa el bien y el mal no suele distinguirse de la que nos divide entre nosotros y ellos.

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