"Las dimisiones no se contemplan por ahora. Pero tampoco parece buena idea hacerse el ingenuo y confiar en la benevolencia de los votantes"

Actualizado el 11/10/2024 a las 23:25
En otra de esas semanas en las que la actualidad obliga a hacer esfuerzos para no echar pestes de los políticos, nos llega el eco de una refriega notable a cuenta de la revisión de condenas a un puñado de etarras prominentes que cumplen pena de cárcel.
O, mejor dicho, a cuenta de una norma aprobada por unanimidad en el Congreso de la que se derivaba el adelanto en varios años de la salida de prisión de los condenados.
Poco duró el gozo de asistir por una vez a la insólita ceremonia del consenso.
En cuestión de horas todo se tornó confusión y griterío, debido a que la mitad de los votantes no se había leído el texto sometido a votación y reclamaba a la otra mitad su retirada después de haberlo dado por bueno.
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Una parte no menor de la labor profesional de los miembros del Legislativo y sus abundantes asesores consiste en manejar papeles; papeles que escriben, revisan, leen, corrigen y vuelven a leer. ¿Será acaso que no hicieron bien el trabajo por el que los retribuimos?
Descartada la hipótesis de la vagancia, solo queda el déficit de comprensión lectora. Son cosas que pasan en el país de No Leerás, el mismo en el que, según aseguraba Manuel Azaña, la mejor manera de guardar un secreto es escribir un libro. Y, por lo visto ahora, la mejor manera de colar una norma al adversario sin que se entere es plasmarla con todas las letras en un documento que se le pone delante de sus narices.
Vamos avanzando, aunque no está claro en qué dirección: si en la de la regeneración democrática o en la degeneración analfabeta.
En la actual fase del bochornoso episodio, los populares y el resto del frente antilectura -UPN y Vox- se muestran vacilantes entre dos opciones de escape, ambas chungas: a ratos admiten su negligencia y piden disculpas al electorado con la promesa de que no volverá a ocurrir -ampararse en excusas de emérito precisamente en estos días no ayuda mucho-, y a ratos desvían el tiro a los socialistas y su pérfida maniobra urdida para hacerlos caer en la trampa.
Las dimisiones no se contemplan por ahora. Pero tampoco parece buena idea hacerse el ingenuo y confiar en la benevolencia de los votantes. Ya señaló Lichtenberg que en cualquier choque entre un bribón y un tonto la simpatía de la humanidad se inclina siempre por el bribón.